¿Hora de un golpe de timón?

  

Esta historia empezó hace un par de semanas, cuando algunos paranoicos del campo propio acusaron a Alberto Fernández de incurrir en una gaffe al declarar que “la cuarentena no existe” en medio de un mensaje en el que estaba anunciando la renovación de medidas sanitarias. Los del monopolio de la libertad de expresión, maliciosamente, manipularon sus dichos en primeras planas y noticiosos y, con la mala leche habitual, hablaron de contradicción presidencial. Enseguida se hicieron oír los reproches de que “había comunicado mal”.

La verdad es que todo lo que se diga desde una posición oficial va a ser tergiversado, así que no hay que acomplejarse tanto con cada palabra que se dice, mientras el discurso sostenido tenga consistencia. Poner tanta energía y cuidado en el seguimiento de los titulares es regalar la agenda.

Sin embargo, eso no quiere decir que no haya cierto descuido, más que en la enunciación, en la política comunicacional. Si es cierto que la cuarentena no existe, entonces hay que encontrarle un nombre a lo que ocupa su lugar, y saturar la comunicación hasta instalar el concepto. Que nadie más, ni por error, hable de cuarentena, sino de, por ejemplo, “situación de riesgo sanitario”, “alerta pandémica”, “defensa activa solidaria” o cualquier otro denominador de fantasía, cuya conveniencia, en términos de resonancia positiva y pregnancia, los semiólogos y especialistas de la comunicación se encargarán de encontrar.

Pero la política comunicacional es sólo un aspecto de una estrategia más amplia cuya oportunidad de implementación se va retrasando. A algunos les hubiera gustado, mientras oían recitar a Fernández, Larreta y Kicillof, con matices, los mismos argumentos que se venían escuchando en las anteriores extensiones del estado de emergencia, un golpe de timón que sacara al oficialismo del laberinto en el que anodinamente se estuvo empantanando respecto del tema sanitario.

Hoy, Fernández se limitó a un spot breve, grabado y emitido por redes. Fue un acierto. Evitar la fatiga de machacar lo ya dicho tantas veces en una larga disertación, sin aportar nada nuevo, no hubiera sido lo más provechoso. Pero existe la sospecha de que un cambio retórico efectivo, sin variar sustancialmente ni el rol ni lo que ya viene haciendo el Estado nacional, sería mucho mejor.

 

Salir de la trampa

En los primeros meses de la pandemia, el gobierno tuvo la reacción correcta: asumió una política de Estado, se asesoró con especialistas, abrió un amplio paraguas de protección (con vistas a paralizar la actividad, orientarse en el descalabro –téngase en cuenta que hace cinco meses atrás no se sabía ni la décima parte de lo poco que aún se sabe acerca de la enfermedad– y ganar tiempo para acondicionar el aparato sanitario a nivel nacional); y estableció mecanismos de consulta y coordinación entre las distintas jurisdicciones del país para una acción coordinada.

Ese planteo es exitoso, pero tiene una vida limitada. Además de establecer un esquema de fases sanitarias bajo autoridad epidemiológica, lo que faltó fue instalar un calendario político para mantener la iniciativa también en ese plano.

Paradójicamente, frente al dinamismo de avance y retroceso de las fases según el comportamiento de cada distrito, impresionaba lo estacionario del manejo político, reflejado, como ya se dijo, en la repetición de discursos que cada quince días insistían más o menos con lo mismo.

Eso ha sido un regalo para una oposición destartalada que, sin nada que ofrecer, intenta asumir un protagonismo lastimoso. Así y todo, apalancados en sus consignas huecas acerca del “confinamiento” y el “recorte a las libertades individuales”, articuladas con incoherencias de toda laya (que van desde el antisemitismo a los platos voladores), han conseguido poner en agenda unas movilizaciones raquíticas, que por raquíticas no dejan de atentar contra las acciones en las que se empeña la política sanitaria, y de soliviantar a un público más general, que se desorienta, se relaja y desatiende medidas elementales para evitar contagios.

Por tanto, si el gobierno lo que quiere es preservar la salud de la población, debe retomar la iniciativa política y correrse del lugar incómodo en que lo va colocando la prolongación de la pandemia.

Si el principal logro del gobierno en los primeros meses fue ganar tiempo para invertir en ciencia y adecuar el sistema sanitario dictando políticas de aplicación general, quizá sea el momento de retirarse al espacio de brindar contención y asistencia a los distintos distritos, cediendo a las autoridades locales la determinación de cada situación particular, y limitándose a tareas de soporte, coordinación y asistencia científico-técnica, logística, material y financiera. En otras palabras: que cada distrito se haga responsable de la decisión en su lugar, coordinando políticas con los otros tres o cuatro distritos con los que limita. El ejecutivo nacional, en función de nuestro sistema federal, retrovierte de este modo la soberanía sanitaria a cada jurisdicción, luego de un primer momento en el cual la emergencia nacional lo obligó a asumir un comando unificado. Habiendo logrado esa ventana de tiempo para armar los mecanismos con los que hacer frente a la emergencia, el gobierno central retrocede a las antedichas tareas de asistencia y soporte, enfocándose muy fuertemente en una política comunicacional intensiva.

¿Sería esto una especulación política? Algunos pueden verlo así. Pero es una opción inteligente para reforzar el objetivo que se persigue en materia sanitaria: cuidar a la población. La cercanía de la autoridad local, sea a nivel provincial o municipal, permite un ejercicio más pleno y legítimo de la concientización comunitaria y de la función de policía ante las transgresiones. En este momento, la invocación a la condición de vecino puede ser mucho más efectiva que la vaga y nebulosa de ciudadano.

Cambiar la enunciación.
Cambiar la enunciación.

Además, mientras la política sea fijada por el poder central seguirá siendo objeto de operaciones políticas que persiguen, oscuramente, aumentar el número de contagios para perjudicar su imagen. En esto se alinean con pareja responsabilidad criminal políticos y periodistas de la derecha más nauseabunda.

Por otro lado, sólo se trata de sincerar la situación actual, empoderando a las estructuras locales para que asuman el mando, en forma definida, de los controles de circulación y de actividad: porque de hecho, si la cuarentena no existe hay que ordenar la situación concreta, evitando que una oposición descerebrada tenga espacio para impulsar conductas irracionales. Y si lo hacen, que sea en magnitudes atomizadas, y eventualmente contra sus propios referentes.

Dar un paso atrás en el proscenio para que los demás actores salgan a interpretar la obra y ganarse los aplausos, si es que pueden. Pero dar un enorme paso adelante en el frente político puro, liberándose las manos para enfocarse en la multiplicidad de tareas que la pandemia ha postergado.

De más está decir que lo mismo pueden hacer cada uno de los gobernadores de las distintas provincias, delegando en la autoridad local, en la medida de las posibilidades de cada uno y con los auxilios necesarios, la responsabilidad del manejo sanitario a escala micro.

 

La comunicación

El otro aspecto a desarrollar por el ejecutivo nacional, además de coordinar, colaborar, socorrer y acompañar a los distritos federales, sería abocarse a una concienzuda y bien estructurada campaña de comunicación.

Lo que hay por ahora es insuficiente e ineficaz. Escuchar “el esfuerzo valió la pena, no nos descuidemos ahora” resulta tragicómico. Ya nos descuidamos bastante, ya la situación se salió bastante de control. Por otro lado, es lo único que hay, junto con las recomendaciones de lavado de mano y uso de tapaboca. Pero, ¿por qué no micros explicativos acerca de cómo usar tapabocas, qué evita, qué no evita, cuánto tiempo nos protege? ¿Una animación que muestre cómo las microgotas pueden atravesar un tapabocas, y en qué medida? ¿Dramatizaciones para mostrar cómo se produce un contagio: en una charla, en el almacén, en el transporte? ¿Puede contagiar alguien que ya tuvo la enfermedad? ¿De qué manera? Plasma y dióxido de cloro: ¿sí o no? ¿Por qué?

Se necesitan mil spots inundando literalmente programaciones, medios gráficos y vía pública. La gente ignora demasiado. Y en la ignorancia, sale cualquiera, en cualquier momento, a decir cualquier cosa. Hay que tener un equipo ágil, que elabore una respuesta inmediata y contundente ante cada afirmación que se hace, cada día, todos los días. Hace falta una rotación y renovación de la comunicación que la hagan hipertrófica, omnipresente. Es necesario rebatir cada argumento falso. Se impone desmentir supercherías, maledicencias y suspicacias implantadas con las peores intenciones.

El gobierno debería invertir en equipos de profesionales de la información que sean al mismo tiempo efectivos, honestos y comprometidos con el objetivo de cuidar la salud de la población. Las universidades públicas rebosan de gente preparada y desinteresada, así como muchos medios independientes, que pueden no sólo diseñar las piezas, sino también identificar las lagunas informativas, relevar las expectativas de la gente, registrar las novedades diarias e interactuar estrechamente con las autoridades sanitarias y políticas para la elaboración de los mensajes.

Como se dijo al principio, en lo sustancial no implicaría grandes cambios en la responsabilidad ni en la modalidad con la que el gobierno viene afrontando la pandemia en lo atinente a la salud pública. Sí un giro rotundo en la enunciación, en la caracterización de la etapa y en la estrategia.

Es cierto que puede demandar un esfuerzo imprevisto destinar recursos y energías a la planificación y desarrollo de la comunicación, pero las posibilidades de seguir avanzando por el camino elegido hasta ahora se agotan. De hecho, hay una pared delante.

Y ya se sabe, de los laberintos se sale por arriba.

 

 

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