Caer en la red

 

El documental El dilema de las redes sociales plantea más de un dilema, y el principal de ellos es dilucidar si no se trata meramente de un troyano más, que actúa de la misma manera que el resto de los malwares.

La primera pregunta que surge es: ¿por qué alguien debería confiar en un alerta sobre los peligros de las redes sociales y el empleo de la inteligencia artificial que le llega a través de Netflix, cuya definición como red social puede discutirse, pero en absoluto negar que emplea inteligencia artificial, algoritmos predictivos y personalización de productos con la misma intensidad e intereses que las redes que critica? En términos de la paranoia que la misma película dispara, se justifica la pregunta sobre a qué segmentación de su público apunta Netflix, y por qué. Por eso resulta significativo el análisis de las conclusiones a las que arriba.

¿Por qué el film identifica inteligencia artificial, manipulación e intrusión en la intimidad con las redes sociales, cuando esas herramientas están insertas en nuestra vida cotidiana a través de bancos, tarjetas de crédito, grandes marcas comerciales, que colectan y procesan nuestros datos con motivaciones tanto o más perturbadoras?

Para no hablar de la utilización que hacen los gobiernos de los datos de los usuarios. No es necesario remitirse a Corea o a China: en nuestro país los escándalos por las bases de datos de ANSeS puestos a disposición de la propaganda política de la administración Macri, en el temprano 2016, es un ejemplo (https://www.infobae.com/politica/2016/07/27/denunciaran-penalmente-a-marcos-pena-por-violar-la-privacidad-con-los-datos-de-anses/) que no puede extrañar en un gobierno que fue el paradigma del espionaje a la ciudadanía.

Y ya que estamos ahí nomás, pasemos a la inteligencia: ¿qué duda cabe de la utilización opaca, por no decir directamente turbia o cenagosa, que vienen haciendo desde siempre las agencias de inteligencia, desde la CIA hasta la última oficina nacional, con o sin tecnología de punta, creando usinas de rumores, generando corrientes de opinión, pergeñando golpes de Estado duros o blandos? Las revelaciones de Wikileaks y los documentos aportados por Edward Snowden, ¿no muestran otro nivel de vigilancia mundial, que ha infestado con aplicaciones propias a las redes de uso común, con o sin consentimiento de sus propietarios, para extraer datos personales? Los torpes amaños de las redes, ¿no quedan, a su lado, como intentonas inocentes?

To net or not to net

Podría argumentarse, con razón, que las redes ponen a disposición de Mordor su información. Pero la realidad es que las redes son apenas una herramienta más en la recolección de datos que Mordor puede obtener de cualquier otra manera. Si utiliza servicios de terceros lo hace para generar complicidad con la sociedad de los negocios, y así legitimarse.

Los alcances que la revolución digital impuso a la Humanidad no llegan a ser dimensionados en toda su extensión, sino apenas intuidos. Y se hace responsables a los pigmeos de garrote en mano, que muestran la cara en primera fila, sin ver el ejército de misiles atómicos y armas de destrucción masiva que mueve los hilos por detrás.

Estamos insertos en un mundo que no tiene vuelta atrás. La nostalgia por lo que fue alguna vez no nos va a ayudar, porque no hay forma de restituirlo. La Matrix existe de una manera absoluta; ser conscientes o no de ello no hace otra diferencia que halagar la vanidad propia. En The Truman Show, una persona no sabía que vivía en un mundo manipulado, pero sí el resto de la sociedad: en eso radicaba el drama. Ahora todos estamos allí, lo sepamos o no. No hay más remedio que dar la pelea en estas condiciones.

 

¿Y Microsoft?

Otras preguntas: ¿por qué la película expone las técnicas de Google, Facebook, Twitter, Pinterest, Instagram, Youtube, Whatsapp, Snapchat, Tik tok, pero no dice una palabra sobre Microsoft? Cuando Jaron Lanier, con sus simpáticos dreadlocks y su aspecto de hippie escapado de Woodstock, nos alerta sobre los mecanismos de las redes, se lo presenta como “padre fundador de la realidad virtual” y “científico informático”. No se nos informa que también forma parte de Microsoft Research, una división del gigante informático que tiene, entre sus áreas de investigación algoritmos, minería de datos, interacción humano-computadora e inteligencia artificial, entre muchas otras. 

Jaron Lanier

No se trata de un juicio de valor sobre la legítima colaboración de Jaron Lanier como investigador en Microsoft, que no tiene nada de reprochable, ni hay motivos para dudar de la sinceridad de sus dichos, ni de la autenticidad de sus convicciones en la necesidad de mayor responsabilidad en el uso de las redes, ni de la valentía de sus denuncias. Resulta valiosísimo su testimonio, además de lúcido y profundo. Es necesario que sus palabras sirvan a la divulgación. Lo que hace ruido es que la película no mencione su adscripción a Microsoft, cosa que por demás él no oculta (ver entrevista en https://theconversation.com/jaron-lanier-internet-tal-y-como-hoy-la-conocemos-se-basa-en-la-manipulacion-113410).

Más todavía, que Microsoft no sea siquiera mencionada en todo el documental, cuando ha enfrentado (y perdido) a lo largo de su prolongada trayectoria sonados juicios por prácticas comerciales cuestionables, como tan tempranamente en 1997 (sentencia: desistir de su imposición de instalar Internet Explorer junto con Windows) y luego en 2001 por monopolio abusivo (sentencia: dividir sus productos en diferentes unidades), resulta llamativo.

Puede argumentarse: ¿qué tiene que ver Microsoft? Vende sus productos, no desarrolla aplicaciones gratuitas. No está implicada en la manipulación de la gente. ¿No lo está?

Microsoft viene desarrollando su iniciativa Microsoft Azure desde hace tiempo, una compleja estructura en la nube que, como toda nube, se cierne sobre nosotros y puede traer beneficios o perjuicios. En 2018 Microsoft, en asociación con 17 agencias de inteligencia estadounidense, lanzó un proyecto que se vincula con el programa de vigilancia Infraestructura de Defensa de la Empresa Conjunta (Joint Enterprise Defense Infraestructure), un contrato entre el Departamento de Defensa estadounidense y empresas del sector, cuya sugestiva sigla es JEDI.

El proyecto de Microsoft lleva un nombre menos sugestivo pero más contundente: Gobierno Azure.

Microsoft, estos últimos tiempos, no ha afrontado problemas legales de la envergadura de los de antaño, como es fácil de entender.

 

Recuerdos del futuro

El documental es un interesante vehículo para la reflexión y la toma de conciencia respecto del uso de las redes sociales. No trae demasiadas novedades en sus argumentos, pero una enunciación renovada y empática, brindada por fervorosos arrepentidos de haber contribuido a los efectos dañosos de praxis empresariales objetables, resulta convincente, aunque sean verdades trilladas.

Que se enuncie que el “verdadero producto” a la venta es “el cambio gradual de tu percepción” no representa ninguna innovación. Ha sido el metier histórico de las agencias de publicidad, la primera de las cuales, se dice, fue inaugurada en 1841. Las agencias de publicidad siempre han operado sobre mercados masivos y recurrido al marketing, que es trabajar sobre modelos predictivos, así que nada indica que tengamos un cambio en ese sentido, ni siquiera de escala. Sí es cierto que se han refinado los mecanismos para influir.

Que más adelante se hable de “capitalismo de vigilancia” tampoco es original; Foucault ha dedicado su obra a ello y al concepto de biopolítica. Claro que, ¿cuántos han leído a Foucault? Por lo tanto, vale la divulgación.

Muchas de las acusaciones que se hacen a las redes en términos de tecnologías que absorben a las personas, dificultan o impiden el auténtico relacionamiento humano y destruyen el tejido social son más viejas que la injusticia; las hemos escuchado toda la vida. Es posible que sean una revelación para muchos de los entrevistados, cuyas edades oscilan entre los 30 y 40 años y cargan con el sentimiento de culpa de haber participado en la creación del monstruo (los declarantes de mayor edad, salvo Lanier, no pertenecen a la industria, sino al ámbito académico, profesional o inversionista). Pero los que cargamos algunos achacosos años más hemos escuchado idénticos argumentos referidos a la telefonía primero, a la televisión después (épocas del debate sobre el “chupete electrónico” y la cantidad de tiempo que niños y grandes debían permanecer frente a la pantalla). Luego vinieron los videojuegos, el jurásico Family Game y el Nintendo: mismas alertas. Tristan Harris, en cierto momento, dice que anteriormente había una preocupación por proteger a los niños de ciertos avisos. Bueno, eso no es cierto. Siempre hubo excesos que fueron denunciados, y no siempre con resoluciones favorables. Las muñecas Barbie crearon un imaginario deformado en las mismas generaciones que ahora claman por protección para sus propios hijos.

Tristan Harris, co-fundador del Center for Humane Technology

Y está muy bien que lo hagan. Ningún argumento es nuevo y venimos lidiando con ellos desde hace mucho, pero siempre es positivo refrescar nociones, aunque parezcan elementales. Como dice Mirtha, el público se renueva.

Algo similar ocurre con la impresionante curva en el incremento de la velocidad de procesamiento. La ley de Moore fue enunciada en 1965 y se viene cumpliendo con regularidad desde entonces, pero, ¿cuántos conocen la ley de Moore? Por tanto, excelente mostrarla en una animación gráfica.

Es auspicioso que se hable de fake news. Libros de historia y periódicos tradicionales en papel fueron desde siempre perfectos compendios de fake news que nuestros padres y abuelos consideraban palabra santa. Aún hoy hay quien los cree a pie juntillas. Así que también es importante que se vulgarice hasta el hartazgo la materialidad de esta antiquísima herramienta de mistificación.

Lo que no deja de llamar la atención es tanta sorpresa ante problemas tan añejos. Era todavía el siglo XIX victoriano cuando Oscar Wilde enunció que vivíamos en una era en donde nuestras únicas necesidades eran cosas innecesarias. Entonces, algo estamos procesando mal para que nos sintamos tan decepcionados del mundo en el que siempre supimos que estábamos viviendo.

 

El quid de la cuestión

De cualquier manera, con todas las salvedades apuntadas, el documental es válido hasta llegar a sus conclusiones. Ahí es donde se justifican ciertas reservas.

En el desarrollo de su trama, según se van exponiendo los mecanismos de las redes, se concluye que la manipulación contribuye a la polarización. La polarización conduce a dudar de las verdades consagradas: ya no hay acuerdo entre personas. No hay consenso sobre la verdad. Y de ahí pasamos directamente a la guerra civil.

Necesitamos detenernos, porque el punto flojo del documental son los temas que no profundiza. Y no profundiza precisamente las cuestiones capitales. Para empezar, ¿qué es la verdad? ¿De qué verdad estamos hablando? La filosofía ha dedicado siglos a la verdad: ¿es posible la verdad? ¿Hay una única verdad? ¿Cuál es, cómo la determinamos, cuál es el parámetro para establecerla?

Es relativamente simple determinar la verdad o falsedad cuando se afirma que la Tierra es plana, pero no es igual de fácil, en todos los casos, ir más allá. 

¿El sistema democrático estadounidense es la verdad, y se ha salido de quicio, como muestran las imágenes insertas de disturbios en California y Virginia? ¿Es sobre eso que la gente ya no puede ponerse de acuerdo? En ese caso, ¿esa es la verdad? ¿Para quién? ¿Para todo el mundo?

El documental está realizado por un director igual de joven que sus entrevistados, pertenece a la misma generación, y todo indica que comparte sus preocupaciones y su visión. En ese contexto, es comprensible que su objetivo prioritario sea la audiencia estadounidense, y en función de ello sitúe la irracionalidad escandalizante en el exterior, en Birmania o Brasil, esos países que quedan lejos y el estadounidense medio no sabe bien qué son, o si todavía usan plumas para adornarse. Una forma de decir: vean lo que puede pasarnos. Pero resulta especialmente insultante cuando en su propio país tienen a Trump, no a un estadista de fuste. Que ha basado su campaña en Twitter. Y que es el principal propiciador de esos mismos desquicios que se muestran el el extranjero.

Puede tratarse de una estrategia para, justamente, evitar una polarización aún mayor en Estados Unidos: no denunciar directamente, apostar a que el espectador, por contraste, lo deduzca sin ayuda. Sería válido. Únicamente así se explica que Joe Toscano, atrás de los casos de Birmania y Brasil enumere tan fresco a Alemania, España, Francia, Australia, como países con graves casos de violencia política, e ignore o se pase por alto, precisamente, a USA. Y que cuando se refieran elípticamente a las elecciones de 2016 sienten en el banquillo a Zuckerberg. E inmediatamente lo disculpen porque, claro, el malo de la película no es otro que Putin. Pero, en fin: puede tratarse de una estrategia. No es obligado indignarse por ese tratamiento.

Lo que de cualquier manera se omite, enmascarado en el engañoso rótulo de “la verdad”, es la causa última de los conflictos, que, por supuesto, no son las redes sociales, ni de lejos.

Después de angustiarnos por la pérdida de la verdad, que nos llevará en el corto plazo, según Tim Kendall, a la guerra civil, viene la solución: necesitamos leyes que regulen a estas empresas.

Tim Kendall

Pero, ¿de dónde vendrán esas leyes? ¿Del mismo sistema político que manipula el odio a través de las redes y es una marioneta de los intereses de las grandes corporaciones? ¿Cómo se puede denunciar la utilización política por regímenes autoritarios y al mismo tiempo solicitar regulaciones, en momentos en que el extremismo político de derecha se expresa con su mayor virulencia? Por otro lado, la virtualidad no posee otra territorialidad que la del país en la que tiene su sede: ¿debería ser Estados Unidos quien dicte las leyes para todo el mundo, acaso? ¿Sería demasiado suspicaz sospechar eso?

Además, muchas herramientas de modelos predictivos o inteligencia artificial son de código abierto. Con lo cual la regulación debería avanzar más allá de las empresas legales, y recaer sobre el ecosistema y todo lo que se mueve en él; o sea, Internet en su conjunto. Controlar el ciberespacio es una aspiración de los centros de poder de larga data: como señala Ariel Vercelli, investigador del CONICET, "desde hace dos décadas empresas, corporaciones comerciales y estados-nación están presionando para cerrar la producción abierta y transparente de código en el ciberespacio". Partiendo de que "el código -a diferencia del derecho- no codifica reactivamente el ciberespacio, sino que lo hace proactivamente", la intención no es otra que conquistar "una configuración a nivel global donde sólo quienes estén en condiciones de generar codificaciones complejas para la red (...) podrán acceder a los niveles superiores de este tipo de gobierno de los espacios comunes". Con lo cual los códigos, al igual que las semillas transgénicas, pasarían a ser propiedad de una empresa como Monsanto, capaz de controlar la producción y comercialización, iniciativas proverbialmente libres y comunitarias. El análisis de Vercelli puede consultarse en https://biblio.flacsoandes.edu.ec/catalog/resGet.php?resld=17351

El dilema de las redes sociales no debería magnificarse si no se está dispuesto a ir hasta el fondo del asunto. Aquí –nuevamente el punto flojo– no se está profundizando una problemática sensible: si se va a hablar de legislación, el tema se debe abordar con mayor seriedad y exhaustividad, porque no es una cuestión menor que luego puede deshacerse. Cuando algo empieza a regularse, ya no abandona esa condición: a lo único que se puede aspirar es a nuevas disposiciones que modifiquen, corrijan o arruinen lo anterior. La experiencia indica que, en el largo plazo, por ese camino todo empeora.

No se trata, pues, de oponerse a toda regulación. Se trata de que lo importante no es la regulación, sino qué regulación.

Es necesario recordar, con Bourdieu, que en el campo jurídico, a final de cuentas, no está en disputa la idea de justicia, sino quién detenta el monopolio de establecer lo que el derecho debe ser.

Que Internet no sea un espacio regulado en lo jurídico más que en forma fragmentaria e incompleta tiene su lado oscuro: es lo que ha permitido el libre flujo de capitales en la globalización de la economía, sin restricciones fastidiosas. Es fácil imaginar que en caso contrario todo se haría más complicado. Complicado, pero no imposible.

También tiene su costado favorable, por supuesto: la libre circulación de mensajes e información, sin mayores impedimentos burocráticos que los que conocemos.

Si hubiera restricciones, ya se sabe para quién serán. Aún en caso de regular todos los flujos, el poder del dinero siempre encuentra canales para circular y la impunidad necesaria: alcanza con ver los paraísos fiscales que existen desparramados por todo el mundo, y nadie pierde la peluca por ello. Siempre habrá alternativas para los poderosos, como existe una Deep web en la que se trafican armas, drogas u órganos humanos. Pero el marche preso habitual, inevitablemente, será para los que no tienen dinero y aún se benefician, aunque más no fuera en las migajas, de un estado de cosas inestable y frágil.

Una vez más, es imprescindible ver el documental y tomar nota de sus observaciones y la minuciosa disección de los aspectos perjudiciales del abuso en el consumo de tecnología. Es el mundo en el que vivimos, del que no podremos escapar, y es mejor que sepamos todo lo conocible de él.

Concluir que todo el problema se reduce al “modelo de negocios”, o al desencuentro de la sociedad en torno al concepto de alguna pretendida “verdad” que nadie se preocupa mucho en aclarar cuál es, son razones insuficientes que tergiversan la explicación final.

Peor es no preguntarse si existe algún poder legítimo a quien reclamarle regulaciones, y cuáles serían los pros y contras de las mismas antes de hacerlo. Y mucho, pero muchísimo peor, no ser lo suficientemente cuidadosos a la hora de entregar graciosamente el consenso público sobre regulaciones a las fauces de lobos depredadores. Eso es casi un suicidio.

 

 

 

 

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