Imperio sí, imperio no

Fuente: La Vanguardia
Muy tardíamente llega a las manos de
uno el libro Imperio & imperialismo, de Atilio Borón, respuesta
(crítica) al ya clásico Imperio, de Toni Negri y Michael Hardt, que al
momento de su salida, en los albores del milenio, sacudió al pensamiento de
izquierda.
A caballo de las polémicas que
despertó la aparición de Imperio, Borón toma partido y se dedica
sistemáticamente a destrozarlo. Y cualquiera que lo haya escuchado o leído sabe
lo corrosivo que puede llegar a ser.
Leer a Borón es más divertido (y más
corto) que sumergirse en la farragosa obra de Negri y Hardt, plagada de latines
no siempre necesarios y tecnicismos filosóficos poco justificables en una obra
de divulgación, que remiten a obligadas lecturas previas. Además de la
mordacidad hasta la acidez, Borón es perro que donde muerde no suelta y talla
su crítica hasta dejar todo reducido a astillas.
Por cierto, razón no le falta cuando
señala la endeblez de ciertas evaluaciones políticas y el casi nulo análisis
económico que condicionan a la baja muchas de las conclusiones de Imperio.
Pero a la distancia de más de veinte años (Imperio apareció en 2000 y la
respuesta de Borón el año siguiente) se aprecia que a su rigor materialista se
le escapó lo principal.
Biopoder
A ojos de hoy, Imperio
aparece como un intento algo desmañado (y demasiado ambicioso) pero válido, de
amplificar y enmarcar en un planteo integrado de acción política vertientes
del pensamiento filosófico europeo y el progresismo norteamericano.
Esto es lo que más tempranamente le
revienta a Borón: con despecho tercermundista achaca al dúo de pensadores dejar
fuera toda la investigación empírica y los desarrollos conceptuales generados
en la periferia, y más precisamente en América Latina.
Resulta un poco liviano, porque
después de leer las fuentes en las que abrevan los argumentos del propio Borón
y revisar la bibliografía de su libro, podría ser acusado de lo mismo por
polemistas de África o de Asia, sin más.
Hoy son criterios comunes, harto
explorados y diseccionados hasta la extenuación conceptos que en Imperio
asoman apenas incipientes. Para elaborarlos, Negri y Hardt se fundamentan en la
biopolítica de Foucault y dan por sobreentendidos los planteos rizomáticos de
Deleuze y Guattari.
Borón deja entrever, sin declararlo
abiertamente, que todo eso le resulta un ejercicio masturbatorio, y resulta
injusto cuando atribuye a la “reconocida habilidad” de Foucault el bautizar con
nombre nuevo (biopoder) un concepto antiguo que ya había sido explicitado por
“Platon, Rousseau, Tocqueville y Marx”[1],
reduciendo así toda la obra del francés a un mero afano.
Es injusto porque Foucault no se
limita, como los autores citados, a enunciar los ajustes psicosociales con que
la sociedad formatea a los individuos, sino que estudia metódicamente los
mecanismos con los que actúa el poder sobre los cuerpos, y los efectos que
produce. Cuando periodiza las sociedades disciplinaria y de control,
lo que hace es sistematizar de manera orgánica su examen del sujeto humano, en
su singularidad y en su actuar de conjunto.
Ese menosprecio revela justamente el
error de Borón. Borón resulta implacable en su crítica del sistema capitalista,
sus dispositivos superestructurales, sus recursos infraestructurales, la manera
en la que acciona el capital, las operaciones macro del poder. Negri y
Hardt, de manera nebulosa, poco enfocada pero indudablemente inaugural, ponen
todo el acento de un proyecto político totalizador en los individuos, en la
manera en que se están produciendo las nuevas subjetividades.
El pueblo dónde está
Borón da por sentado un concepto de
sujeto definido por la modernidad, prácticamente inalterado desde la revolución
francesa (que para colmo de males se pretendía universal), apenas retocado por
Freud y el psicoanálisis de El malestar en la cultura, y otros textos
que claramente daban cuenta de algún malestar por cierto, pero que en todo caso
eran plata chica para los proyectos revolucionarios, que los interpretaban como
un fenómeno burgués.
(A la luz de experiencias comunales
revolucionarias en el siglo XX, resulta evidente que hubiera sido altamente
provechoso prestar más atención al “fenómeno burgués”.)
Ese sujeto,
cabe aclarar, está casi completamente extinguido. Y Borón (como buena parte de
la crítica de izquierda) se pasa el dato olímpicamente por alto.
Negri y Hardt, en cambio, comienzan la
exploración de cuestiones alternativas que inciden en la formación de los
sujetos, luego diversificadas por continuadores de todo tipo: Naomi Klein y Raj
Patel abordaron la globalización; Nancy Fraser, los problemas no sólo de la
producción sino los de la reproducción dentro del capitalismo; Eric Sadin,
Byung-Chul Han y Žižek, la autoexplotación y tecnodependencia, con las deformaciones consiguientes;
Marie-Monique Robin, la manipulación medioambiental. La lista es interminable.
El análisis macro, resultaba
evidente, quedaba corto. Se necesitaban nuevas herramientas para entender al
protagonista silencioso y colectivo: multitud, pueblo o como quiera llamársele.
Hace apenas cuarenta años, un
consenso extendido en grandes mayorías sostenía que el socialismo era una buena
idea pero mal realizada, y el capitalismo el mal menor. Hoy, la certeza de que
el capitalismo es genial y el socialismo una pésima idea parece irrefutable: se
ha convertido en el sentido común de mucha gente que revuelve la basura o
pedalea doce horas diarias llevando pedidos, y está orgullosa de ese tipo de independencia.
Si es verdad que la sociedad orbita
sobre una galaxia de sentidos construidos, es necesario conocer más
profundamente cómo se producen, cómo llegamos a esto. No alcanza con el
análisis de los factores de poder político, empresario, financiero o militar,
por brillante o riguroso que sea. El problema principal es (siempre lo fue) la
materia prima de cualquier cambio: la gente. El quién (o el quiénes) antes del
qué y el cómo.
Giuliano da Empoli, por su parte, deschava
el “auténtico tabú que nadie se atreve a mencionar: no son solo las élites las
que han cambiado sino también «el pueblo»”[2].
Deconstruir lo qué
Y no es exactamente que nadie se
atreva a mencionarlo: es que nadie tiene ni puta idea de cómo elaborar una
contrapolítica sociocultural que confronte el statu quo, con su formidable
arsenal de medios, redes, troles, instituciones educativas, técnicas e
industria publicitarias y think tanks apoyados, por si no fuera
suficiente, en un flujo inagotable de dinero y en el modelado de la legislación
y de los mecanismos jurídicos que garantizan el control de las instituciones de
ejercicio del poder.
El principal problema para la
izquierda y los sectores progresistas es, antes que programático, de enfoque y
diagnóstico sociológico, para encontrar formas efectivas de contrarrestar el
discurso dominante que, además, ha conseguido imponer la sensación de
constituirse en unívoco y universal.
Resulta urgente, por tanto, prestar
atención a conceptos que permitan renovar el análisis. Aquí es donde regresan los
planteos de Negri y Hardt. A Borón puede parecerle que hablar de trascendencia
e inmanencia, nociones abstrusas si las hay, es perderse en las nubes de Úbeda.
Pero aunque la metafísica suene a música de las esferas, resulta útil en tanto,
en palabras simples, trascendencia es todo lo que está fuera del ser, e inmanencia
lo que está dentro. Se comprende fácilmente que todo proyecto político tiene un
fin trascendente (el ideal de sociedad a alcanzar, sea cual fuere el modelo) y
una dinámica inmanente
(resolver la inmediatez de la articulación interna).
Considerando al progresismo como el
colectivo de izquierdas y centroizquierdas, y yendo al caso concreto del movimiento
peronista hoy (asumiendo el supuesto de que todavía existe como movimiento dentro
del campo progresista), se aprecia que en su vasto espacio todo se reduce a una
trascendencia enunciativa, virtual: las tres banderas, las diez verdades, la
liturgia, la doctrina. En lo inmanente, nada: la falta de soluciones a los problemas
reales de sus bases es cada vez más ostensible. En la cúpula dirigencial, en
cambio, la relación se invierte: todo es una inmanencia de disputas de poder, y
ni siquiera un borrador de proyecto trascendente.
Negri y Hardt apuntan que el capital
es todo inmanencia, opera a través de una “axiomática de funciones
proposicionales”[3]. Dicho en sencillo: hace
todo el tiempo lo que más le conviene en cada momento, no se plantea trascendencia
alguna. Y desde que formatea cada vez más y más las subjetividades, las
personas se vuelven más y más presas de una inmanencia de la inmediatez.
Si desde la política (en este caso
el peronismo, pero el fenómeno es global) sólo se atiende la inmanencia de su
propia dirigencia, y nada la de su base de sustentación, exacerbada además por
la prédica neoliberal, ¿cómo evitar la profecía autocumplida de que el mal que
aqueja a la sociedad es la casta?
Ni hablar de cuánto contribuyen los
algoritmos de las redes al aislamiento de los individuos. Y si se trata de
meros individuos aislados, ¿qué les queda más que la pura inmanencia?
El infierno digital
“La crítica por izquierda”[4],
dice Miguel Benasayag, “tiene que comprender que cuando estamos en el mundo
algorítmico ya no estamos más en el mismo mundo en el que creíamos estar”, dado
que lo algorítmico “está totalmente capturado en la desmaterialización, la
universalización y la cuantificación capitalista”.
Aún creando un mundo cibernético
independiente, alternativo, no “vamos a resolver este problema, porque
capitalismo y algoritmo son cosustanciales”, y por tanto “la especificidad
algorítmica siempre vuelve a capturarnos”.
No se trata, tampoco, de establecer
un dualismo naïf, del tipo humanos vs. máquinas; resulta imposible
despegarse completamente del contexto digital. Es un elemento nativo y fundante
de la era posmoderna, y pretender una distancia pura y descontaminada deviene
una fantasía. La actualidad del género humano es una hibridación entre lo
orgánico y lo digital. ¿Entonces?
Una vez más hay que regresar a Negri
y Hardt cuando hablaban tempranamente de singularidades deseantes. Si hace
ochenta o cincuenta años el deseo era, por caso, formar una familia y tener casa propia, ¿cuál
es el deseo hoy? ¿Sigue siendo el mismo? ¿Pasa por otro lado? ¿Tiene alguna
posibilidad el progresismo si no detecta, empatiza y crea un proyecto orientado
a ese abanico de nuevos e imprecisos intereses? ¿Cómo profundizar el análisis en
el contexto desenmascarando, al mismo tiempo, los falsos deseos y las
necesidades ficticias urdidas por los propios algoritmos?
Las generaciones analógicas aportan hasta
el límite de su comprensión. Es posible (y deseable) que la llave esté en manos
de la progenie centennial: encarna auténticamente los fenómenos y
prácticas digitales, y las experimenta como aborigen, en sentido corporal y biopolítico.
El documental “Cómo ser feliz”, con Ofelia Fernández, provee mucha información
y ninguna solución, pero sí un mensaje final que puede ser la punta del ovillo:
Ojalá así sea. Se accede al
contenido completo aquí.
[1] Borón, Atilio A., Imperio
& imperialismo, Buenos Aires, clacso,
2004, 1a. ed., pág. 39.
[2] Da Empoli, Giuliano, Los
ingenieros del caos, Madrid, Grupo Anaya, 2024, 1a. ed., pág. 70.
[3] Hardt, Michael y Negri,
Antonio, Imperio, Buenos Aires, Paidós, 2003, 1a. ed., pág. 288.
[4] Benasayag, Miguel, y Pennisi, Ariel, La
inteligencia artificial no piensa (el cerebro tampoco), Buenos Aires,
Prometeo, 2024, 5a. ed., pág. 96.
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