Patrullas perdidas

 

En una plataforma de streaming, tres profesionales que rondan los 60 años (el sociólogo Pablo Alabarces y los periodistas María O’Donnell y Ernesto Tenembaum) y otros dos de alrededor de 30 (el humorista Eial Moldavsky y el politólogo y ex senador Rosendo Grobocopatel) comentan la discusión en redes de una presunta Argentina xenófoba, a partir del posteo de Samuel L. Jackson: “Argentina ha sido históricamente uno de los países más racistas del mundo, si no el que más”.

La conversación derivó en la conveniencia o no de regular Internet. Los jóvenes apoyaron su conveniencia. Los mayores (que más allá de diferentes posicionamientos políticos son tributarios de la cultura sesentista y setentista) mantuvieron una cierta sorpresa expectante. Este es un recorte breve de ese segmento:

Conviene recordar, para dar contexto, que en los albores del milenio, con Bush hijo en la presidencia de eeuu, las amenazas de regulación sobre Internet (que ya venían de antes) fueron sordamente resistidas por la cibercomunidad. Google parecía sólo una herramienta, las redes sociales no existían y no se hablaba de inteligencia artificial. Cualquier regulación era percibida como una injerencia para coartar la libertad de expresión y comunicación, y un intento torpe de controlar nuevas formas organizativas a través de icq, mensajes de texto o foros, traspasando fronteras. Cibernautas del mundo, uníos.

Como todo comportamiento de cualquier usuario de Internet, esa resistencia era pasiva. ¿Qué otra cosa se podía hacer? De cualquier manera, la comunidad pareció surgir triunfal de la contienda. Una victoria demasiado fácil, que aparentaba potenciarse con la aparición de la Web 2.0 y la interactividad, y confirmarse definitivamente cuando la Primavera árabe y el movimiento español de Indignados se organizaron a través de las redes. Una nueva herramienta para la emancipación había surgido.

Una victoria demasiado fácil. ¿Una victoria?

A la fecha, resulta evidente que ni hubo tal éxito, ni la falta de regulación sobre Internet fue una graciosa concesión de los poderosos. Por el contrario, la falta de regulación era la palanca necesaria para potenciar negocios, hacer circular dinero negro y esconderlo, y dar la llave maestra al capitalismo financiero. Desarrollar nuevas formas de control social, mucho más sutiles, a través de las redes; convertir las pantallas en dispositivos adictivos y monetizar esas dependencias patológicas, obteniendo réditos superlativos a costa de arruinar a las mayorías, como se ha hecho desde siempre en el buen capitalismo de toda la vida.

Triste desengaño el de la progresía. Madrugados otra vez. Por eso, volviendo al programa del principio, no extraña la reacción de disimulado desconcierto de los baby boomers frente a los millennials. ¿Hay que regular Internet? ¿Eso no será censura? Una oscura nublazón sobre corazones que aún sufren resabios del flower power, el hippismo y la teoría de la liberación. ¿Qué queda de romper las convenciones? ¿Qué de transgredir las normas? ¿De pedir lo imposible?

Todo es un lío. Y vienen estos pibes, que son medio de derecha, a decirnos que hay que regular. ¿Pero no es que la derecha quiere desregular todo? ¿Hay que regular o desregular? ¡Dios!

Y no es la única bandera que se han robado. Ahora, la ultraderecha está contra la democracia. “Pero éramos nosotros”, la frase da vuelta en alguna circunvolución sepultada en los cerebros nostálgicos, “los que nos proponíamos derrumbar la democracia burguesa, arrasar el aparato jurídico-legislativo hecho a medida de los poderosos, fundar una sociedad libre”. Ahora, la libertad también parece ser de ellos. La libertad de pasar por encima de todas las construcciones sociales elaboradas en los últimos quinientos años.

Irónicamente, en lugar de redoblar la apuesta, las izquierdas se han puesto a defender el statu quo. Reivindicar los valores democráticos. Replegarse a posiciones defensivas.

 

De cómo se perdió el norte

Acá hay toda una historia.

Podría aventurarse que tiene su punto de inflexión en la caída de la urss en 1991.

Porque con sus defectos y achaques, la vieja urss era el Gran Regulador del mundo. Al desaparecer, se abrieron las jaulas de todos los zorros en el gallinero planetario. Y por añadidura, las izquierdas se quedaron definitivamente sin horizontes.

En realidad, la desilusión era anterior. Ya la patria de los soviets venía en falsa escuadra. En el ’56, reprimiendo en Hungría. En el ’68, dos meses después del Mayo Francés, entrando con los tanques en Checoslovaquia. Un estropicio indefendible.

La Revolución Cubana había dado aires en América Latina en los sesenta, pero en las décadas siguientes las guerrillas fracasaron, con una lenta degradación en cada intento, hasta llegar al delirio de Sendero Luminoso y las narcoguerrillas. El camino heterodoxo de Allende fue aplastado. Cuba se desinfló sin apoyos. Nicaragua siguió un camino tortuoso.

En Asia, después de la muerte de Mao, China inició su camino de marxismo creativo, para decirlo de algún modo. Las experiencias de Indochina (Camboya y Vietnam) tampoco fueron edificantes.

Un largo rosario de decepciones a partir del cual la izquierda se queda sin horizontes y progresivamente se aleja cada vez más de una promesa que resulte cercana a la gente, que convenza, que gane voluntades.

Al desaparecer la urss, no sólo perdió balance el mundo entero. También la izquierda se quedó sin dónde mirar, aunque más no fuera para refutar un modelo fracasado, tanto en lo económico como en lo social. Y hoy, abiertas las compuertas del dique y fluyendo el capitalismo con todo su poder devastador, nadie parece acertar con una nueva utopía de fundamentos sólidos, recorrido posible y metodologías concretas.

Eso también puede tener sus razones.

 

Desintegraciones

A lo largo de la mayor parte del siglo xx, la izquierda basculó sobre un universo multidisciplinario coherente. Psicología, economía, sociología, filosofía, antropología, y más: desde todas las  áreas del conocimiento se confluía en una visión, si no común, al menos integrada. Existía un “contexto de pensamiento” que gestionaba las diferencias, un “callejón de razonabilidad” por el cual se transitaba con seguridad. No es que faltaran miradas alternativas, o inclusive opuestas: pero ese complejo conformaba los alambrados limítrofes de un corral dentro del cual cualquiera se sentía seguro de poder disentir sin decir boludeces. Los que estaban por fuera de esa construcción de sentido (toda la derecha, más afuera cuanto más retrógrada) caían en algo peor que el ridículo: iban a contramano de la racionalidad y de la historia.

En paralelo al largo derrumbe soviético, el mundo del pensamiento se fue desgranando en alternativas cada vez más alejadas de un centro de gravedad que se apagaba. El corral se iba desarmando, el “círculo de confianza” se deshilachaba: ya no existía ese mundo disciplinar ordenado, en el que una lógica consistente guiaba acciones y estrategias. Nuevas corrientes de pensamiento se empeñaron en interpretar el mundo, sus cambios, las nuevas subjetividades. Los intelectuales que hoy capturan la atención de los sectores progresistas describen con lucidez los rasgos de la sociedad global actual: descubren patrones sociales y desenmascaran conductas empresarias. Pero no vislumbran un futuro, un modelo alternativo, un mundo diferente y mejor. Y casi ninguno manifiesta lealtad, adhesión o siquiera afinidad con un compromiso ideológico identificable.

Han saltado la cerca y ni siquiera se arriman de nuevo al corral.

 

Después del diluvio

            Con esa desorientación en grado heroico, las distintas expresiones de la izquierda y el progresismo quedan regaladas frecuentemente en el plano argumental. Son patrullas perdidas. Muchas veces resulta difícil comprender los fundamentos que guían las exposiciones, y en ocasiones cabe preguntarse si hay alguno. La coherencia se suele suplantar con vehemencia, como para disimular el desamparo propositivo.

Hoy en día, el progresismo obliga a desconfiar de su enjundia asertiva. La ausencia de un pensamiento estructurado deriva en réplicas erráticas, cuando no gratuitas o antojadizas. Y esto porque: o bien responden a una mirada nostálgica, que se diluye en la insipidez de lo que ya fue; o a un rechazo puramente defensivo, abroquelado sobre miedos a mayores pérdidas; o, lo que es peor, a una reacción visceral, irreflexiva e irascible. En cualquiera de los casos, más cerca de arrebatos emocionales, que pierden de vista análisis elementales y hasta el sentido común, y que son el terreno preferido del libertarianismo de derecha que disputa espacios de sentido, o de sinsentido. En lugar de reponer racionalidad, se le hace el juego y se entra por el aro como un caballo. Porque no hay que olvidar que el barbarismo y la brutalidad de los argumentos de derecha no son casuales. Es la manera de recurrir al primitivismo, las emociones y el cerebro reptialiano cuando se perdió la batalla en el terreno de la racionalidad.

Todo desemboca en esta polémica berretísima sobre presuntos racismos y conspirativismos, en los cuales no sólo no se escucha, ni a favor ni en contra, una voz coherente: no se oye otra cosa que ruido, que es, en definitiva, el objetivo de los que mientras tanto siguen cortando el bacalao.

 

A nivel local

Con diferencia de un día, otro canal de streaming reunió a uno de los protagonistas del programa mencionado anteriormente (Rosendo Grobocopatel repite, ahora en el papel de entrevistador) y a otra representante millennial (Mayra Arena). La reivindicación de valores de la primera parte de la reflexión de Arena, que pueden considerarse conservadores, se articulan sin embargo coherentemente con la descripción que hace de la situación del peronismo en la segunda, y su caracterización del kirchnerismo, la más perdida de las patrullas entre las patrullas perdidas. Este es el recorte:

De ambos videos pueden rebatirse cuestiones, tanto de las expuestas por Grobocopatel como por Arena. Pero reconocer que en ambas hay honestidad intelectual y rasgos de lucidez rescatables, implica una amplitud de miras que previamente precisa claridad en los objetivos, sin amarrarlos a estereotipos o clichés perimidos por no tener más sustancia a la que recurrir.

En una secuencia icónica de la película “Gringo viejo” (1989), de Luis Puenzo, Patricio Contreras pone del revés no un mapa, sino una concepción del mundo. Era una época, en comparación, mucho más esperanzada:

Hoy otro mapa no sólo está del revés: también cada una de sus partes se ha convertido en piezas sueltas de un rompecabezas que alguna vez habrá que volver a armar.

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