Otro tren que se va
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| Foto de Zoshua Colah. |
La desorientación es tal que en
algunos lugares (no oficiales) se leyó, o se escuchó, una crítica a Juan Grabois,
que expresó
su apoyo a la voltereta del gobierno, ahora nacionalista de la primera hora
en la demanda al Reino Unido por Malvinas.
Después del encolumnamiento de Milei tras una ambigua declaración de Trump, que insinuó la posibilidad de
revisar la posición estadounidense respecto de las islas, una desconcertada
multitud de opositores (desde Carlos Bianco a Myriam Bregman, desde Agustín
Rossi a Ricardo Alfonsín, desde Pablo Avelluto a Matías Kulfas, y siguen
largamente los nombres) se
mostraron escandalizados, cuando no indignados, por la última (but not
least) acrobacia panquequil del gobierno.
En ese contexto, algunos
caracterizan a Grabois como un ingenuo funcional a la errática y desesperada
intentona por retomar centralidad política por parte del partido gobernante,
que ya había hecho un papelón con su amenaza de echar del país a cualquier
extranjero que nos agraviara en nuestra condición de argentinos, sea lo que
fuere lo que se interpretara por tal. Una payasada que murió como empezó, sin
pena ni gloria. Nadie tuvo la menor intención de complicarles la vida a los supuestos
ofensores.
Es demasiado obvio que, ansiosos por
marcar agenda, desde las usinas presidenciales (más caracterizables por su aventurerismo que por su sagacidad) vieron una carambola a tres bandas: lanzamos una miniopereta
populista y nacionalista con la que marcar agenda en términos de campaña,
hacemos bombo para recuperar voluntades, y de paso quedamos como duques con
Trump, haciéndole la segunda en sus presiones al Reino Unido. Después vemos
cómo se va dando.
Obviamente, cómo se vaya dando es
irrelevante. Lo más posible es que Trump desande sus declaraciones con descaro,
lo que no le va a costar nada ya que de cualquier manera fueron cualquier cosa
menos categóricas. Las del gobierno sí lo fueron, pero tampoco le cuesta nada
contradecirse todo el tiempo.
Aunque sí podría costarle, si la
oposición tuviera una actitud más astuta. Ahí es donde los dichos de
Grabois tendrían una proyección articulada. ¿Por qué no apoyar las
declaraciones de Milei y, de paso, robarle las banderas y correrlo por
izquierda? ¿Cómo el peronismo no aprovecha la oportunidad regalada en bandeja
para abroquelarse en una respuesta que sirva de base a un gesto de unidad? ¿Por
qué no asumir los argumentos de una defensa legal, no beligerante (y neutralizante de cualquier avance militarista), fundada en
argumentos, que habilite desde impulsar leyes hasta trabajar la causa en los
movimientos territoriales y en consignas partidarias? ¿Cómo no activar contactos
de legisladores con gobiernos o parlamentos de países que apoyen la posición
histórica argentina? ¿Por qué no proponer una multipartidaria opositora que empuje
al gobierno a, o bien dar marcha atrás y quedar en ridículo frente a la
ciudadanía, o bien jugar la carta en el plano internacional sin red y con
riesgo de caer en el descrédito, lo que complicaría su campaña por la
reelección con turbulencias e inestabilidad?
El lunes se conoció una encuesta según la cual el 61% de la gente cree que el discurso de Milei fue meramente oportunista. Pagni da a conocer otra, según la cual el 83% de los argentinos se declara nacionalista, y dentro del peronismo ese guarismo sube al 94%.
No hay que ser demasiado pillo para
cotejar ambas encuestas y sacar conclusiones, con las debidas reservas que
merecen este tipo de sondeos, en términos de explotar las fracturas que marcan.
Pero el peronismo está demasiado
miope para poder ver más allá de sus internas salvajes, y desaprovecha cada
oportunidad que se le presenta para confluir en lo que todo el mundo sabe que
se necesita pero a lo que parece que ningún dirigente considera una prioridad; esto es, la consolidación de un rumbo unificado.
Otro tren que pasa, y van.
Y también, vale reconocer, falta
coraje, no sólo en el peronismo sino en todo el arco opositor, para jugar a
fondo la batalla por ocupar el centro del ring, desalojando al adversario, dejando
en evidencia sus inconsistencias y sus improvisaciones.
Es como si el miedo a ser funcionales a la derecha convirtiera a todos los que no lo son (o no declaran abiertamente serlo) en, efectivamente, funcionales a la derecha.

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