El tuerto y los ciegos
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La dominante de quienes observan la
política argentina en 2026 es caracterizarla como el imperio de un mediocre que
gobierna en soledad por ausencia de adversario. Y el interrogante generalizado
es por qué el principal partido de oposición se encarniza en una disputa
interna cuyos motivos nadie entiende bien más allá de la mera obtención del
bastón de mando.
Es verdad que la experiencia
albertista dejó la certeza de que el poder no puede compartirse. Es cierto que
el peronismo sabe armar (y capitalizar) formaciones de frente, pero no de
alianza. Es evidente que en esa tradición política no pueden convivir distintos
puntos de vista capaces de gestionar decisiones negociadas. Se constata una vez
más que el que gana dirige y los demás acompañan (verbigracia, se alinean).
Todo eso es cierto, pero la lucha
lisa, llana y despiadada exclusivamente por el poder partidario mientras se
abandona el terreno al enemigo provoca toda una gama de reacciones, desde el
asombro a la vergüenza.
Hay una sospecha, sin embargo, que
oscurece aún más el panorama. Es la de que, en definitiva, los conflictos
internos en realidad enmascaran la carencia completa de una oferta
transformadora en términos políticos. La de que cualquier movimiento
progresista no brinda otra garantía que la de administrar un poco más
compasivamente (hasta donde le sea permitido) el salvajismo del capitalismo
actual.
Más allá de una verborragia
inflamada, y de sacar el mejor partido posible de una coyuntura que –después de
la tragedia social y económica que hundió al país en la peor crisis de su
historia en 2001– ofreció condiciones de competitividad excepcionales
combinadas con precios igualmente excepcionales para sus commodities, el
matrimonio Kirchner demostró una enorme capacidad política para manejar una
crisis de profundidad insondable, negociar con dureza la reestructuración de la
deuda, construir una alternativa de poder y redistribuir con mayor equidad. Pero
no modificó las estructuras de dominación y dependencia que ataban el país a
los engranajes de funcionamiento del capitalismo internacional.
Sería fácil culpar a los
responsables locales de ese fracaso. La realidad es que a nivel global se
verifica el mismo fenómeno: los sectores progresistas no consiguen encontrarle
el agujero al mate en términos de escape al torniquete aplicado por el poder
tecnológico-financiero, que sigue acumulando ganancias cada vez mayores en
manos de unos pocos milmillonarios. Ni las dirigencias ni los intelectuales han
sido capaces hasta ahora de otra cosa que describir y diagnosticar aproximaciones a los
múltiples resortes de la situación actual. La desorientación llevó a retroceder
siempre, perdiendo terreno en un callejón defensivo sin salida. Thomas Piketty,
en diálogos con Michael Sandel, lo describe de esta manera:
Los gobiernos de centro-izquierda
han desarrollado en las últimas décadas una especie de religión del comercio
libre, desprovisto de toda regulación (…) Una persona puede empezar a acumular
riqueza en Estados Unidos, Francia o Alemania, por ejemplo, valiéndose de todas
las infraestructuras públicas de esos países, de sus sistemas jurídicos y
legales, de sus escuelas y sus hospitales, recursos todos ellos de los que dependen
tanto tus trabajadores como tú mismo. Y luego, habiendo adquirido el derecho a
hacerlo, se puede pulsar una tecla y transferir esa riqueza a otra jurisdicción
a la que el Gobierno nacional no tiene posibilidad alguna de seguirla ni gravarla.
Entones, el Gobierno le dice a la ciudadanía: «Oh, qué mala suerte. No sabemos
adónde ha ido la riqueza. No hay nada que podamos hacer». Pero el caso es que
ha sido el propio Estado el que ha ayudado a construir ese sofisticadísimo
sistema legal internacional que permite que alguien transfiera su riqueza muy
lejos con solo presionar un botón. Nótese la hipocresía. Hemos empezado a
construir un sistema legal internacional que está hecho básicamente para que
los más ricos puedan eludir todas sus obligaciones comunes, y luego fingimos
que es algo natural.
Eso es lo peor que puedes hacerle a
los ideales del internacionalismo, porque así seguro que la gente lo detesta. (…)
Tenemos que tomarnos estos datos en serio y darnos cuenta de que no podemos
culpar sólo a los populistas de derecha ni a sus «deplorables» votantes,
líderes, etcétera. Creo que los partidos de izquierda y de centro-izquierda que
están o han estado en el poder tienen que echarse la culpa a sí mismos y
concienciarse de que el propio modo en que construyeron el internacionalismo y
la globalización hizo inevitable que la gente normal aborreciese estos
procesos.
Quizá haya un exceso de
autoflagelación a la que se haya vuelto proclive el progresismo a partir de sus frustraciones.
Es posible. Pero quitando algo de énfasis, la conclusión no parece equivocada:
es cierto que el devenir de las cosas y los negocios y el cambio tecnológico se
han llevado todo puesto y nadie parece capaz de reaccionar. Con su lengua filosa
habitual, Alejandro Horowicz lo pone de manifiesto en menos de dos minutos:
De cualquier modo, no es cuestión de ensañarse con el peronismo sólo porque le cabe la responsabilidad de encabezar la oposición, porque ¿quién está en condiciones de tirar la primera piedra? En nuestro país, la izquierda más radical se muestra refractaria a profundizar en especulaciones tanto tecnológicas como económicas, y se conforma con un relato político desfasado que, al decir de Avanessian y Reis, “enfrenta al capitalismo con constructos teóricos tan disfuncionales que lo más que puede ofrecer es la fe en futuros eventos milagrosos”. El resto del espectro que se abre en abanico desde el centro a la izquierda tampoco tiene una respuesta. Ninguno la tiene, para ser justos.
Por tanto, quizá no sea tan extraviada
la pelea que se da en el peronismo. Quizá es lo mejor que tiene para ofrecer. O
lo único.

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