La razón, o sea la fuerza


¿Por la razón o por la fuerza? No es una disyunción legítima. La razón nunca deja de ser una demostración de fuerza en función de un sistema. Siempre que existe un sistema se instala una relación de fuerza que la razón rige. Tratar de encajar a la realidad dentro de ese sistema, sea cual fuere y de la forma que fuere, implica un mecanismo de fuerza. La realidad debe ser forzada porque la realidad no es sistemática, aunque lo parezca.
Por lo tanto, aquello de “por la razón o por la fuerza” es tautológico, o en todo caso una falacia propia de cualquier ideología dominante. Más genuino sería: “por la razón, y por lo tanto por la fuerza, sin excluir la posibilidad de más fuerza”.
Hay una posibilidad de liberar a la razón de su identidad con la fuerza: no considerarla un sistema abarcador de ninguna realidad. El orden de lo real no sería asimilable al orden de lo racional, dado que orden de lo real no es más que una figura degenerada de la lengua: lo real abomina tanto del orden como del desorden. Lo fortuito y lo ordenado son paralelas que no se tocan.
Desde esta perspectiva, la razón es un elemento más en el conjunto infinito de lo fortuito.
A veces el orden de lo real es descrito como un desorden racional, o viceversa, pero son trampas. La razón es una cuestión de fe, como la religión; todo se explica racionalmente menos la razón misma, y el mecanismo de adhesión a ella.
No hay ningún motivo racional por el cual confiar demasiado en la razón, sobre todo a la vista de la utilización que se hace de ella y sus devastadoras consecuencias.

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