Alicia, el Sombrerero Loco y el ano de Batman

El cambalache del discurso de Milei en la apertura de las 142º sesiones ordinarias del Congreso las convirtió en más ordinarias que nunca. La berretada de sus argumentos casaba a la perfección con la bizarrez de la transmisión oficial, que alternaba la imagen del pigmeo mental y el palco de sus funcionarios, el pelado y la morocha de la bancada oficialista que aplaudían a rabiar todo lo que decía y las barras adictas vociferantes. No hubo cámaras para diputados conocidos, ni aunque fueran del pro o del radicalismo, y sólo alguna que otra vez los miembros de la Corte, o los gobernadores peronistas, especialmente cuando el desquiciado los fustigaba.

Del Valle-Inclán se chuparía los dedos con esta manifestación espontánea del esperpento en tiempo real.

Con una sintaxis desajustada, alejada ya no de la elegancia sino de la prolijidad, Milei recurrió a la consabida y reiterada jugarreta de tirar desaforadamente datos económicos sin demasiado sustento pero con la pretendida virtud de confundir a la audiencia. Se refugió en esa estrechez segura del “campo conocido”, como si estuviera hablando en un foro de colegas, aunque en tal caso difícilmente le habrían tolerado la endeblez de las magnitudes expuestas.

Algo similar había ensayado en el Foro de Davos, pretendiendo dar cátedra a un selecto público de magnates que lo valoró (o más bien lo desvaloró) en consecuencia. Todos los atributos del estereotipo de argentino en el exterior –pedante, creído, agrandado, altisonante, grosero–,  ya encarnados domésticamente por Milei, fueron exhibidos orgullosamente fronteras afuera, como digno exponente de la nacionalidad.

En Davos se cuidó de relajar a sus interlocutores; aquí, en cambio, sucumbió a la tentación: “entiendo que algunos políticos suman con dificultad, salvo que se trate de la propia”.

A Milei le encanta hacerse el chistoso e incurrir en todo tipo de –como leíamos en Humo®– sornas, chascarrillos, piturretas, ditirambos e ironías que no le hacen gracia más que a él mismo y a sus prosélitos.

Mejoraría sus posibilidades, entre otras cosas, que alguien le advierta que no es gracioso.

La puesta en escena de mandar una sarasa cualquiera y después hacerse el canchero, el sabedor, el que fuma bajo el agua, ya fue desenmascarada hace mucho. Es necesario recurrir una vez más a Scalabrini Ortiz, quien hace casi setenta años había advertido que “estos asuntos de economía y finanzas son tan simples que están al alcance de cualquier niño. Sólo requieren saber sumar y restar. Cuando usted no entiende una cosa, pregunte hasta que la entienda. Si no la entiende, es que están tratando de robarle”.

Después de hacer sus birlibirloques numéricos de truchez bíblica volvió al remanido argumento del país maravilloso que era Argentina hace 100 años, tópico al que ya había hecho referencia en el primer párrafo de su discurso, pero sobre el que volvió otras seis veces (y otras dos veces en Davos), para rematar con la fábula de que en esa época, “Argentina era el país más rico del mundo”.

No vamos a cuestionar aquí la estupidez de tal aserto porque ya lo hicimos en detalle en otra entrada de este blog, en la que analizamos que Argentina no era el país más rico del mundo, sino otro muy distinto: primarizado y dependiente, envuelto en una crisis financiera al borde del default que provocó la caída del presidente, con alta inflación, desempleo y carestía que sufrían, igual que ahora, los de siempre.

Un país en donde las residencias lujosas de la oligarquía alternaban con los conventillos de instalaciones infrahumanas; en el que las condiciones de esclavitud eran la norma en yerbatales, ingenios, quebrachales y en general en cualquier zona alejada de las grandes ciudades, en las que por otro lado las clases trabajadoras trajinaban jornales de 12 o 14 horas por una miseria. Y al que su élite gobernante –a la que Milei juzga integrada por héroes fundadores de la grandeza nacional–, verdadera casta política que venía detentando el poder mediante el fraude, consideraba “un país de tercer orden que debe seguir las orientaciones de las grandes potencias”, según afirma Félix Luna en su biografía de Yrigoyen.

En Davos no pudo reprimir su porteñismo irredimible y fue más allá. Aseguró que en 1895 “nos convertimos en la primera potencia mundial”.

Es de imaginar con qué cara lo habrán mirado quienes cortan el bacalao de la economía a nivel planetario.

El prestigio nacional no estaba muy alto que digamos, pero siempre se puede caer más bajo.

 

El sombrerero loco

Sobre el final de ambos discursos, el del Congreso y el de Davos, utilizó la misma muletilla. Después de convocar al Pacto de Mayo amenazó: “Veremos quiénes están sentados en la mesa trabajando por los argentinos y quienes pretenden continuar por este camino de servidumbre”. En Suiza fue: “Y estamos acá para alertarlos acerca de lo que puede pasar si los países de Occidente que se hicieron ricos con el modelo de la libertad, continúan por este camino de servidumbre”.

No es casual, ya que Camino de servidumbre es uno de sus libros de cabecera, escrito por Hayek, economista referente de los libertarios.

Friedrich A. Hayek fue un economista austríaco premio Nobel en 1974, en el inicio ascensional del neoliberalismo. Nacido en 1899, su experiencia de vida fue atravesada por las dos guerras mundiales. Socialista en su juventud, se volcó a las ideas de su maestro von Misses con el fanatismo de los conversos.

La lectura de Camino de servidumbre revelaría una candidez cercana a la ternura, si no fuera una feroz defensa de un sistema inhumano. Podría verse el trauma de un austríaco trasplantado por voluntad propia a Londres, viendo a su país presa del nazismo y encima sintiéndose culpable de su nacionalidad, pero eso sería el abordaje psicológico berreta que haría un Milei, por ejemplo. El libro fue iniciado en 1940 y publicado en 1944, antes de terminarse la Segunda Guerra. Es, sin duda, literatura de combate. El problema es que Hayek mete en la misma bolsa colectivismo, socialismo, fascismo, nazismo, totalitarismo y stalinismo, y hace una melange confusa donde debería analizar en profundidad las implicancias del corporativismo, no del colectivismo (término, por demás, categorizante en estudios sociológicos, pero que en el análisis político es de una vaguedad deprimente).

Y es de significación porque Milei vive esos asertos y ese mundo en guerra de hace 80 años como si fuera hoy, al punto de enfatizar el ridículo en Davos asegurando que “así es como llegamos al punto en el que con distintos nombres o formas, buena parte de las ofertas políticas generalmente aceptadas en la mayoría de los países de Occidente son variantes colectivistas. Ya sea que se declamen abiertamente comunistas, o socialistas, socialdemócratas, demócratas cristianos, neokeynesianos, progresistas, populistas, nacionalistas o globalistas”.

Como el Sombrerero de Alicia en el país de las maravillas, el tipo está clavado en un tiempo que no existe. “«Y desde entonces», siguió diciendo el Sombrerero, cada vez con más pena, «el Tiempo no quiere saber nada conmigo y ¡para mí son siempre las seis de la tarde!»”.

El Hayek economista, de cualquier modo, tiene un punto al cuestionar la planificación de la economía: dado que “la estrecha interdependencia de todos los fenómenos económicos hace difícil detener la planificación justamente en el punto deseado […] el planificador se verá obligado a extender sus intervenciones hasta que lo abarquen todo”.

Es un bello argumento para un mundo ideal. Pero a la hora de idealizar, cualquier sistema político es maravilloso. No es por cuestionar la honestidad intelectual de Hayek, pero se pasa por alto la actualidad del capitalismo de ese momento, en el que la libertad del individuo era para muy pocos –incluso en la Londres que habitaba, no hablemos ya del resto del mundo, en donde las condiciones de sometimiento abarcaban países enteros y hasta continentes.

No podía ser ingenuo al respecto porque fue el imperio británico precisamente el que planificó la división internacional del trabajo entre países industriales y países proveedores de materias primas. Desde el momento en que hay un sistema financiero internacional que asigna recursos y deudas, ¿qué planificación es la que falta? ¿De qué libertad estamos hablando?

Es una discusión inconducente con gente que nos alerta que el peligro es el comunismo y la planificación, claro. Resulta un poco tonto. Sobre todo teniendo en cuenta que hace más de 60 años Jauretche ya lo había dejado en claro con palabras simples: “La economía moderna es dirigida. O la dirige el Estado o la dirigen los poderes económicos. Estamos en un mundo económicamente organizado por medidas políticas y el que no organiza su economía políticamente es una víctima. El cuento de la división internacional del trabajo, con el de la libertad de comercio, que es su ejecución, es pues una de las tantas formulaciones doctrinarias, destinadas a impedir que organicemos sobre los hechos nuestra propia doctrina económica”.

Hayek no se sale nunca de un marco teórico inmaculado, en donde todo funciona como un relojito. Qué piola, en los papeles el socialismo también es una panacea. Después está la realidad, que es mucho más compleja y una pelea diaria. Siguiendo con Jauretche, “el problema económico es un problema político y no una abstracción ideológica”.

 

La sombra del teutón

Hayek la pifia bastante más cuando se mete a sociólogo o a filósofo. Sus argumentos entonces son de una flacura, una arbitrariedad y una carencia de rigor alarmantes. Algunos juicios caídos aquí y allá:

-    Las expresiones del colectivismo se deben a “la envidia de los profesionales fracasados, el ingeniero o abogado u otros universitarios y, en general, el «proletariado de cuello blanco», hacia el maquinista y el tipógrafo”.

-    “Lo que los socialistas proclaman que se les debe a los camaradas en cualquier país, no están dispuestos a concedérselo al extranjero”.

-    “El colectivismo no tiene sitio para el amplio humanitarismo liberal, sino tan sólo para el estrecho particularismo de los totalitarios”.

-    En sociedades colectivistas “es inevitable que la crueldad pueda convertirse ocasionalmente en un deber” (como fusilamiento de rehenes, matanza de viejos o enfermos, traslados forzosos de cientos de miles de personas, etc.). Es imposible determinar si siempre fue inevitable, pero lo hemos visto en todo tipo de sociedades, especialmente en la capitalista. Y en Argentina en particular, en la muy liberal Campaña del Desierto y en la dictadura del Proceso.

Y hay mucho más. Lo antojadizo de las afirmaciones lo acercan más a un panfleto de propaganda que a un tratado serio. De cualquier forma, dan pie a que Milei y los libertarios, sin cuestionar demasiado ni tratar de universalizar esos asertos, los den por buenos de manera acrítica.

En cambio, hay otros con los que Milei no suele ser tan consecuente en su prédica y en los hechos. Pasemos a ver sólo algunos:

-    “Cada vez se extiende más la creencia en que, para que las cosas marchen, las autoridades responsables han de verse libres de las trabas del procedimiento democrático”: teniendo en cuenta la capacidad legislativa que se atribuye el Presidente al despacharse con un DNU de 366 artículos que deroga 41 leyes y enviar una ley ómnibus de más de 600 artículos para su tratamiento exprés, no estaría tomando en cuenta esta advertencia alarmada de Hayek, sino todo lo contrario.

-    “Allí donde, por ejemplo, es imposible hacer que el disfrute de ciertos servicios dependa del pago de un precio […] hay que encontrar un método, que no es el de la competencia, para ofrecer los servicios en cuestión. Así, ni la provisión de señales indicadoras en las carreteras, ni, en la mayor parte de las circunstancias, la de las propias carreteras, puede ser pagada por cada usuario individual”: y qué cosa, Milei planteaba exactamente lo contrario, privatizar ya no las carreteras, sino las calles.

-    “No hay justificación para creer que en tanto el poder se confiera por un procedimiento democrático no puede ser arbitrario. […] no es la fuente, sino la limitación del poder, lo que impide a éste ser arbitrario”: Milei no distingue limitación alguna a sus atribuciones y más bien las resiste, apretando o escrachando a legisladores y cerrándoles la canilla financiera a los gobernadores (quedó claro que no es una convicción principista sino una moneda de trueque que circulará libremente en cuanto unos y otros presten acuerdo, como ya pasó y seguirá pasando). 

-    “Un sistema de monopolios reconocidos por todos los gobiernos nacionales, pero no sometidos a ninguno, se convertiría, inevitablemente, en el peor de todos los bandidajes concebibles”: Milei encomia iniciativas monopolistas globales como la Elon Musk, y defendió los monopolios explícitamente en Davos (“El dilema que enfrenta el modelo neoclásico es que dicen querer perfeccionar el funcionamiento del mercado atacando lo que ellos consideran fallos, pero al hacerlo no sólo le abren las puertas al socialismo, sino que atentan contra el crecimiento económico. Ejemplo, regular monopolios, destruirle las ganancias, y destrozar los rendimientos crecientes automáticamente destruiría el crecimiento económico”).

-    “Está enteramente de acuerdo con el espíritu del totalitarismo la condenación de toda actividad humana realizada por puro placer y sin ulterior propósito”: Milei ataca y desfinancia casi en bloque la industria cultural (INCAA, Fondo Nacional de las Artes, Instituto del Teatro) y a las ciencias blandas. Durante el debate de vicepresidentes, Villarruel afirmó que “investigar el ano de Batman, las canciones de Ricardo Arjona, el pensamiento de Victoria Villarruel, la película del Rey León o si Star Wars era mesiánico o no, definitivamente eso no es ciencia”. Milei la apoyó (argumentalmente) e incluso desplegó sus propias tesis al respecto. Teniendo en cuenta que el Sombrerero Loco es enemigo declarado de Batman y las habituales referencias sexuales con que matizan su relato Milei, Benegas Lynch y otros acólitos, bien podría el CONICET ampliar (no digamos ya profundizar) su investigación. Villarruel le bajó el precio a los análisis del discurso que nutren la lingüística, la sociología y la antropología, y decretó, desde su limitada competencia de jurista, qué es ciencia y qué no. Lo que nos lleva a la siguiente afirmación de Hayek:

-    “La misma palabra «verdad» […] se convierte en algo que ha de ser establecido por la autoridad”: algo que Milei refirma permanentemente en sus dichos, posteos y declaraciones, donde quienes no están de acuerdo con él son corruptos, traidores, basuras o ensobrados, y que nos lleva a contrastar con otra aseveración de Hayek:

-    “El plan mismo en todos sus detalles, y de hecho todo acto de gobierno, tiene que hacerse sagrado y quedar exento de toda crítica”.

-    “Allí donde se destruyó la libertad tal como la entendemos, casi siempre se hizo en nombre de alguna nueva libertad prometida”: finalmente, esto funciona como simple advertencia.

Como se dijo, Hayek no fundamenta muy sólidamente sus enunciados. Pero al menos concibe su pensamiento como un sistema en el que los conceptos están vinculados, en una relación de mutua implicancia.

Parece que la ensalada mental de Milei no sigue el mismo esquema.

 

El gato de Cheshire

A estas alturas, nuestro país de las maravillas tiene otros personajes. Karina Milei podría ser la Reina de Corazones, habida cuenta de que parece desplazar funcionarios con bastante discrecionalidad y autonomía. Que lo diga, si no, Ramiro Marra: “¡Que le corten la cabeza!”, se escuchó en los pasillos de la Legislatura, y allá el bueno de Ramiro debió abandonar con sus latas de atún la jefatura del bloque de lla.

Al Gato de Cheshire todos lo están adivinando: aparece y se borra todo el tiempo, por aquí y por allá, jugando sus cartas con cuidado para mantener la tropa unida en su partido y tratando de articular con el orate de Milei, lo cual conlleva sus dificultades.

En su última materialización en Expoagro disfrazó de elogio un comentario lapidario sobre Chucky: “es un verdadero outsider, porque no es Trump, que tiene atrás al Partido Republicano, y no es Bolsonaro, que tenía el Ejército atrás. Él es él, su hermana, las redes sociales y llegó por la decisión de ustedes”. La ambigüedad del Gato de Cheshire está en su sonrisa. Con amigos así, quién necesita enemigos.

El Gato de Cheshire en Expoagro

En esta fábula, Alicia vendría a ser la sociedad argentina. “«No están jugando limpiamente», empezó diciendo Alicia en tono quejumbroso, «y se están peleando todo el tiempo, de forma que no hay quien oiga nada… y además, nadie hace demasiado caso a las reglas del juego; parece como si no tuviera ninguna, o, en todo caso, si las hay, nadie parece que las esté siguiendo»”.

 Manifestándose nuevamente en Expoagro, el Gato contestó: “los argentinos querían un shock en el sistema político. Y bueno, ha generado un shock y ahora lo que nos toca a todos es estar a la altura de las circunstancias”. Al que le vaya el sayo que se lo ponga, como decía el segundo riojano más famoso después de Facundo.

Desde octubre del año pasado hasta aquí, muchos han tratado de buscar explicaciones acerca de cómo se llegó a entronizar en la primera magistratura a un imbécil declarado. Algunos creyeron ver la causa en la desesperación, otros en la bronca. No es segura ni una cosa ni la otra. El malestar era evidente, pero lo que nadie sabe a ciencia cierta es porqué Alicia, como Caperucita, se dirigió derechamente y a conciencia a la trampa del Lobo.

Ahora Alicia está desconcertada y pregunta:

“«¿Me podrías indicar, por favor, hacia dónde tengo que ir desde aquí?».
«Eso depende de a dónde quieras llegar», contestó el Gato.
«A mí no me importa demasiado a dónde…», empezó a explicar Alicia.
«En ese caso, da igual hacia a dónde vayas», interrumpió el Gato.
«… siempre que llegue a alguna parte», terminó Alicia a modo de explicación.
«¡Oh! Siempre llegarás a alguna parte», dijo el Gato, «si caminas lo bastante».

Así estamos.

 

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