Los desaparecedores de Santiago Maldonado (III)

En entrevista reciente a Facundo Jones Huala [1], Jorge Lanata despliega un revoltijo de bajezas, sofismas y golpes por debajo del cinturón impropio hasta para una charla de café entre gente apenas civilizada.
Uno puede estar en todo o en parte de acuerdo o en desacuerdo con lo que propone Jones Huala. Lo vergonzoso es la actitud prepotente y el torcimiento burdo de conceptos más bien elementales del entrevistador. Sabemos que el periodismo objetivo no existe, pero su práctica requiere un arte de investigación mínima, de distanciamiento y de reflexión. Lo de Lanata plantea la dicotomía entre una brutalidad de ignorancia completa y una técnica desinformativa intencionada, que se resuelve en la amalgama entre ambas.
Hubo una época en que los periodistas contribuían a la ilustración y la ampliación de miras de sus lectores. Por lo menos eso dice la leyenda. Hoy parece lo contrario: hay toda una escuela de opinadores que orienta hacia la bestialización y la estrechez de conceptos.
Y, ante todo, disputan el protagonismo con el entrevistado: Lanata no es menos estrella que la persona que tiene sentada enfrente. Es más, esa persona es aleatoria. Es apenas una excusa para lo que tiene que decir él, que es lo realmente trascendente.

La gran bestia pop

La primera requisitoria del inquisidor Lanata, que contiene casi una condena en su misma formulación, es acerca de qué derechos tendría Jones Huala para pedir tierras, exigiéndole como prueba de los mismos la presentación de títulos de propiedad.
Quien lo escucha puede suponer que existe un conocimiento experto en el cual se funda la pregunta y el cuestionamiento. Pero no: Lanata no sabe que existe el Convenio169 de la OIT sobre Pueblos Indígenas y Tribales en Países Independientes, que en su artículo 14 dispone que debe reconocerse a los pueblos el derecho de propiedad y posesión sobre las tierras que tradicionalmente ocupan, y a utilizar las que hayan sido tradicionalmente utilizadas por ellos para sus actividades, aunque no las ocupen.
Lanata no sabe que desde la ratificación de dicho convenio por la ley 24.071 del Congreso de la Nación, el mismo es de cumplimiento obligatorio por Argentina.
Lanata tampoco sabe que en apoyo de tal convenio también existe la Declaración de las Naciones Unidas Sobre los Derechos de los Pueblos Indígenas, que en sus considerandos detalla que tales pueblos “han sufrido injusticias históricas” y han “sido desposeídos de sus tierras, territorios y recursos”; que en su artículo 26 establece que tienen derecho a poseer, utilizar, desarrollar y controlar los mismos “en razón de la propiedad tradicional”; y que en su artículo 28 declara que tienen derecho a la reparación por restitución o, cuando no fuera posible, indemnización justa y equitativa, consistiendo tal indemnización en tierras, territorios y recursos de igual calidad, extensión y condición jurídica.
Pero eso no es todo: Lanata ni siquiera leyó la Constitución del país que habita, que desde la reforma de 1994 incluye en su artículo 75 los incisos 17 y 19, por los cuales dispone la propiedad comunitaria de las tierras que tradicionalmente ocupan, las que no serán enajenables, transmisibles ni susceptibles de gravámenes o embargos.
Mucho menos se interesó Lanata en la Constitución de la provincia de Chubut, lugar donde reside Jones Huala, que en su artículo 34 igualmente dispone “la posesión y propiedad comunitaria sobre las tierras que tradicionalmente ocupan. El Estado puede regular la entrega de otras aptas y suficientes para el desarrollo humano. Ninguna de ellas es enajenable, transmisible ni susceptible de gravámenes o embargos”.
Tampoco se dio el caso de que Lanata, en tiempos en los que el periodismo parecía inspirarle más respeto, tuviera conocimiento de la Ley 23.302 sobre Política Indígena y apoyo a las Comunidades Aborígenes, o acaso la olvidó, como tantas otras cosas. La ley, de 1985, es el antecedente más directo de la reforma constitucional de 1994, y en su artículo 7 establece la adjudicación en propiedad de tierras aptas y suficientes para las actividades de los pueblos indígenas, situadas en el lugar donde habita la comunidad; en su artículo 9, que la misma “se efectuará a título gratuito” y los beneficiarios “estarán exentos de pago de impuestos”; y en el 11, que las tierras son “inembargables e inejecutables”.

¿Desearía agrandar su combo?

Lanata habla como si supiera pero lo ignora todo, y por lo tanto no acota cuando Jones Huala hace referencia al despojo de 1928 por los ingleses. Uno sospecha que no sólo ignora, sino que tampoco tiene interés en profundizar el tema.
Pero Lanata no es el único burro útil de esta historia. Proverbialmente, la administración nacional lo fue por largos períodos, y los que tenían un conocimiento real del territorio, valles fértiles, cursos de agua y áreas de riego no eran los funcionarios de los gobiernos locales, sino los ingleses que habían relevado prolijamente cada palmo del terreno. Y los pueblos originarios, claro, que lo conocían mejor que nadie. Pero como los pueblos originarios no contaban, porque nadie estaba interesado en escucharlos realmente sino en prejuzgarlos, como ahora Lanata, todo ese saber topográfico en beneficio del país fue desestimado.
Por lo tanto, durante años las compañías inglesas fueron árbitros de su propia conveniencia, tratando con agentes del Estado que no tenían la menor idea de la condición de las tierras sobre las que tomaban decisiones soberanas de mensuras y concesiones. Por añadidura, tanto las autoridades eran permeables como los ingleses inclinados a las soluciones prebendarias. Y en última instancia, en caso de toparse con funcionarios honestos, la inopia y el desconocimiento resolvían el problema a favor de los latifundistas. Eso fue lo que llevara a Cuthbert Hackett, gerente de la ASLCo., a afirmar en carta privada, en 1909, que “cuanta menos gente conozca los planos reales de las tierras, mejor”. Perlitas como ésta están documentadas en el libro Ese Ajeno Sur, de Ramón Minieri, que puede descargarse de la red. Y así se entiende mejor por qué el obispo Jaime de Nevares hablara de que los mapuches habían sido despojados de sus tierras, “mandados a los lugares más áridos”, y “rodeados de alambrados con pies que se movían”.
Jones Huala, por tanto, sabe lo mismo que sabía De Nevares: los alambrados con pies que se movían eran los que tramposamente iban corriendo los estancieros con la complicidad de las autoridades, por ignorancia o corruptela, y de una cohorte de idiotas estilo Lanata que repiten desde siempre aquello de que los indios son vagos, ladrones, okupas, etc. etc. etc.
Curiosamente, Lanata se identifica con el pensamiento de Ronald McDonald, el capataz de Benetton (que más se parece al payaso de It que al de las hamburguesas), quien declara sin vergüenza sobre los mapuches: “mis abuelos son originarios de las Tierras Altas de Escocia, esto es lo mismo que si yo fuera a Escocia y quisiera reivindicar […] una parte que nos correspondiera por una razón familiar” [2]. O sea, con la peor intención compara una situación hipotética e incomprobable con un despojo real y documentado. Pero lo de Lanata es peor: “¿Vos pensás que vos y yo podemos ir ahora a Roma, a pedir una parte del Vaticano?” (como parte del Imperio Romano). ¿Con qué derechos, y por qué? Lo de Ronald es de mala leche, pero lo de Lanata linda con la imbecilidad.

Una teoría sobre la tierra

Cuando Jones Huala cuenta que no se puede atravesar la propiedad de Joe Lewis porque “te sacan a tiros”, Lanata responde con toda lógica que “vos no podés entrar a la casa de una persona si no te invita”, lo cual no sería un sofisma si tal casa no incluyera un lago de acceso público. Pero no puede sostener la coherencia ni diez segundos, y a renglón seguido acusa a los mapuches de incumplir las leyes, porque “cuando los persigue la Gendarmería hasta tal lugar y no los dejan pasar, están haciendo como que la Argentina es de ustedes”. Ese “tal lugar” son los territorios propios. A veces uno se pregunta si Lanata se escucha a sí mismo; y en caso de ser así, qué efecto producirá la resonancia acústica en su caja craneana.
(Reflexión al margen: ¿quién puede creer que sería un impedimento para esta Gendarmería que un grupito de personas armadas con piedras no los deje pasar?)
Lanata se mete en el próximo berenjenal. “Vos por un lado estás en contra de la propiedad privada, y por otro lado defendés la propiedad más que nadie, porque estás defendiendo la propiedad que tiene cuatro mil años”, lo cual convierte a Jones Huala, a su juicio, en “un conservador”. La falta de claridad de Jones Huala es nada comparada con la de Lanata, que es incapaz de distinguir entre “propiedad privada” y otros tipos de propiedad, como la comunitaria, la cooperativa o la ejidal. ¿Qué se supone que debe hacer el pueblo mapuche? ¿No reclamar lo que les fue despojado? Estar en contra del capitalismo, como declara Jones Huala, ¿sería autocondenarse a la miseria, y a vagar como los hebreos bíblicos por el desierto? ¿Lo contrario sería ser conservador?
Lanata califica como “muy reaccionaria” la idea de posesión de la tierra de los mapuches, porque reclaman la herencia de sus ancestros. “Es hasta aristocrático casi, si querés”, porque defienden lo que quizá tuvieron sus abuelos; y el hecho de poseerlo, según Lanata, no los hace sus dueños. “La tierra es privada desde siempre”, arguye sin ponerse colorado, y cuando Jones Huala hace referencia a su linaje mapuche, a Lanata le causa gracia, porque “linaje es oligarquía”, y de ahí salta sin escalas al clasismo. “Si el linaje no es clasista, no sé qué es clasista”, ya sea “clase social, cultural, es lo mismo”.
Tratemos de desmadejar de a poco este verdadero bolo fecal cerebral.
Empecemos por la designación de reaccionario, que corrientemente se aplica a quienes se oponen a cualquier innovación. ¿Cuál sería la innovación a la que se oponen los pueblos originarios? Si es la injusticia, no se trata de una innovación. Sigamos: ¿cómo construye Lanata, a partir de un reclamo por tierras, la caracterización de aristocracia? Misterio. No quiero aburrir con conceptos elementales, así que pasemos adelante, y también les dejo a su juicio eso de que la tierra es privada desde siempre. En particular, siéntanse libres para imaginar cómo organiza Lanata la semántica del adverbio de tiempo siempre.
Lo que viene es una ensalada rusa entre linaje, oligarquía y clasismo. Linaje no indica más que la ascendencia de una persona, aunque en épocas medievales aludía especialmente a los antecedentes nobles. Hoy, creo que sólo se conserva esa acepción en la publicación promonárquica ¡Hola! Pero Lanata intuye haber encontrado un filón argumental e inmediatamente decreta que linaje es oligarquía. Lo que resulta un problema, porque oligarquía es un sistema de gobierno en el que el poder es detentado por unos pocos, habitualmente poderosos, pero no necesariamente de sangre real, ya que para esos corresponde el más específico monarquía. ¿Y de dónde puede asociarse a una persona pobre, presa y perseguida con alguna idea peregrina de oligarquía? A esta altura ya vamos muy descaminados, pero para rematarla, Lanata incorpora el concepto de clasismo. Y no cualquier clasismo, sino un clasismo elitista. Como Jones Huala, ante lo confuso de la exposición, preguntara sin ironía si estaba hablando de clases sociales, Lanata completa el zafarrancho: clases sociales o culturales, es lo mismo. Lo que uno se queda pensando es qué clase de mala bestia es Lanata.
Como Jones Huala declara que no se van a organizar en empresas, Lanata inquiere sorprendidísimo “¿y cómo van a vivir?”. La respuesta es simple porque, caramba, ¿cómo vivieron hasta ahora? Hay vida antes y después del capitalismo, y otras formas de organización, sólo que a Lanata le resultan inconcebibles.

Apoteosis

Sigue la secuencia de sentencias desenfadadas:
A Lanata, que exige fe democrática a Jones Huala, le parece mal que los mapuches estén divididos en distintas tendencias y agrupaciones, que es la forma más evolucionada de ordenarse en conjunto gestionando diferencias y organizando acciones comunes.
Lanata desliza intencionadamente si alguna vez recibieron entrenamiento militar de algún grupo de América Latina, si están de acuerdo con el ISIS, si son un estado religioso (con la acotación aclaratoria de que Iran, por ejemplo, es un estado religioso). Jones Huala, que puede carecer de algunos fundamentos o sostener aseveraciones muy opinables pero no es ningún boludo, ante insinuaciones tan capciosas no se dejó arrastrar a escenarios equívocos.
Lanata no duda en calificar de “guerrilla rural” los atentados que se habrían cometido, y como Jones Huala los excusa aduciendo que no hubo muertos, se escandaliza con razón: “¿Los atentados son sólo con muertos?”. Pero sólo cuarenta segundos después ensaya una diferenciación entre terrorismo de Estado según si a un detenido “lo tratan mal a si lo matan”. Convengamos que “tratar mal” puede incluir secuestro o tortura. El doble estándar es tan desvergonzado que da asco, pero la acusación de frivolidad que le endilga a su entrevistado a continuación es de un cinismo para vomitar.
En el mismo registro, Lanata declara que “desaparición forzada alude a un plan”. De dónde sacó esa definición, lo sabe Cristo. Como Jones Huala refiere que así fue caratulado por el juez y así lo considera la ONU, Lanata repone que eso no significa que tenga la razón el juez, ni la ONU (agregando el exquisito detalle de que “yo me he cagado en cuarenta millones de jueces”, o sea: Lanata, el demócrata), ya que “todo puede ser discutible”. Una vez más, Lanata pifia por un par de arcos. La desaparición forzada no requiere de ningún plan: alcanza con que una persona desaparezca a manos del Estado y éste se niegue a admitirlo.
Así que Lanata niega todo un estado de cosas. Desconoce la historia y los códigos normativos, lo cual puede ser consistente con la afirmación de que todo es discutible, pero sólo desde una pobreza intelectual y profesional franciscana.  Pretende enredar a Jones Huala en declaraciones que lo comprometan. Y, lo más triste de todo, busca atenuar la responsabilidad y la carátula de los cargos que se le hacen al Estado y a la Gendarmería por la desaparición de Santiago Maldonado. Eso lo convierte en un desaparecedor más.
Y es un desaparecedor más porque el caso de Santiago Maldonado no nace de un repollo ni por generación espontánea. Es apenas el catalizador coyuntural de una trama que viene desde el fondo de nuestra historia. Lanata es uno de los tantos contratados para la construcción de un sentido común que, en este caso, implante la idea de un "hecho eventual", un "exceso personal", un "caso excepcional". Por tanto, el grueso reloj que porta en la muñeca y que declara que se compró trabajando, ya vemos qué tipo de trabajo implicó. Al menos podría cuidar mejor las apariencias, y ordenar a esa india rubia a la que llama Martina que se esmere un poco más en la producción y preparación de las notas. Pero se sabe que los indios son vagos e indolentes, aunque sean rubios.
Si la desaparición de Santiago Maldonado es un problema de todos, deberíamos pensar por qué y en qué circunstancias fue desaparecido. Y entonces, por transitividad, entender a esta desaparición en el marco más amplio en el que está incrustada, que es no sólo el de esta lucha, sino el de otras luchas y otras desapariciones, que se amplifican como ondas concéntricas, más amplias y más extensas, en el agua turbia de la Historia.

Comentarios

  1. hay que reconocerle a Lanata la capacidad de realizar la entrevista con la dialéctica ideológica de un tachero, con perdón de los tacheros

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  2. No vi la entrevista que le hizo Lanata a Jones Hualas porque no consigo dominar el asco que me genera ese mercenario pseudo periodista, para ver o escuchar alguno de los programas que conduce para sus dueños los del multimedio Clarin. Aun asi, concuerdo plenamente con los términos vertidos en ésta nota y creo que contribuyen a tratar de esclarecer conceptos e ideologias, fundamentalmente para aquellos que, pese al bombardeo constante y permanente de desinformación periodistica mal intencionada llevado a cabo por los medios monopolicos dominantes, perdonando la redundancia, todavia se permiten la libertad de escuchar otras campanas....

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  3. Lanata quiere provocar la indiferencia hacia la causa de los mapuches y Maldonado. " La indiferencia es el peso muerto de la historia"

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  4. Los católicos querrían el Estado intervencionista totalmente a su favor; a falta de esto, o donde son minoría, exigen el Estado "indiferente", para que no apoye a sus adversarios. Esto es la venganza coservadora. Estos si vienen por todo

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  5. El diablo tiene cara de gil. El contenido de la prensa está influenciado por una idea: el servicio de la clase dominante, lo que inevitablemente se traduce en una cosa: luchar contra la base de la piramide / clase trabajadora. De hecho, del primer al último renglón, el periódico burgués adopta y revela esta preocupación.

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