La estrategia de desertar
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| Pornokratès. Félicien Roops, 1878. |
–¿Hay que considerarte realista? –le
preguntó Wesley una vez.
–Yo
opino que el mundo está poblado mayoritariamente por tarados –respondió Don
Allman–. Saca de ahí tus conclusiones.
Stephen King, Ur
Mi viejo tenía dos latiguillos que
usaba para explicar coyunturas políticas, según resultaran de su agrado o no.
Uno rezaba: el pueblo nunca se
equivoca. Representaba su visión optimista y esperanzada en el progreso
humano.
El otro mostraba su vertiente
pesimista y desencantada: cada pueblo tiene el gobierno que se merece.
No eran invenciones suyas, por
supuesto. Se las escuchaba con frecuencia en la segunda mitad del siglo pasado,
y todavía resuenan de vez en cuando por ahí.
Ambos asertos tienen ese formato
sentencioso que cae como una plomada y convence. Parecen contradictorios pero
no lo son, ajustando un poco el calibre.
El primero, atribuido a Perón, es la
consecuencia de cierta pereza mental: una intuición remolona. La fuerza
asertiva siempre impresiona bien, pero cualquiera se da cuenta de que eso de
que el pueblo nunca se equivoca no resiste el análisis.
Ajustando un poco la mira se podría apuntar
mejor. Por ejemplo: aunque en principio parezcan incomprensibles, siempre hay
razones que explican los comportamientos y decisiones del pueblo –a través de
votaciones, insurrecciones o pronunciamientos. Lo cual es muy diferente a
decir que nunca se equivoca.
Como decía Adorno, lo dicho
vagamente está mal pensado.
La segunda sentencia, la pesimista (regurgitada
por De Maistre hace más de 200 años), necesita menos escofina, aunque como toda
generalización elude complejidades.
Por supuesto, sería una cretinada
afirmar que el sufrido pueblo de Camerún se merece a Paul Biya, que lo tiraniza
hace 50 años con el aval de la democrática Francia, sin cuyo apoyo financiero y
militar no podría sostenerse. Pero quizá podría consentirse que Hungría se
merecía a Viktor Orbán, o Estados Unidos a Trump. O Argentina a Milei,
sin ir más lejos. Especialmente valiéndose, como complemento, del primer precepto,
aquel que reformulado resulta en el pueblo suele tener razones que la razón
desconoce (en el sentido de desconocerlas como elementos racionales, claro).
De lo cual se
deduce que lo que hacía mi viejo era, alternativamente, graficar los vaivenes
de la historia con absoluta (e involuntaria) coherencia. Aunque lo que las
diferencia es el tono entusiasta o decepcionado, las dos sentencias en realidad
son una única expresión simplificada de algo bastante más complejo.
Pero es que los
eslóganes son seductoramente contundentes. Lo suficiente para ser adoptados sin
mediar pensamiento crítico.
Los argumentos de Bifo
En 2022 apenas se estaban disipando las
miasmas de la pandemia de covid
cuando, de sobrepique, se desencadenó la guerra de Ucrania. En ese ambiente
apocalíptico, Bifo Berardi incuba su reflexión, publicada el año
siguiente: Desertemos.
El título no es muy alentador, o al menos no lo aparenta; y sin embargo lo es, o pretende serlo.
Berardi es un
personaje icónico de la izquierda italiana al que le cuelgan suficientes
cucardas en su trayectoria como para tener que rendir cuentas de nada, a nadie.
El libro es desordenado,
aluvional, repetitivo, con un amontonamiento de datos no se entiende hasta
dónde concurrentes y en parte ya explorados por otros con mejor método.
Algunas
expresiones se hacen crípticas, constituyendo un frafraslafra de jerga
innecesaria. No hay nada en contra del vocabulario técnico, pero ¿es
imprescindible hablar de desinvestimiento de la energía libidinal para
aclarar que nada te calienta? ¿de psicodeflación por depresión
colectiva? ¿Se espera esclarecer a la gente –que ya viene bastante despistada– explicándole
que “la automatización de la biósfera humana es un objetivo asintótico”?
La lectura se
hace farragosa por momentos. Quizá haya alguna responsabilidad en la
traducción, aunque tengo para mí que quien tomó la tarea maldijo más de una vez
el momento en que aceptó el encargo.
Con sus
defectos, la argumentación de Bifo tiene algunos puntos luminosos. Entre
ellos, su propuesta central: la deserción.
Antes de
llegar a ella, Berardi describe el momento actual y aporta otros conceptos atendibles.
Su primer
punto es que el sistema ha impuesto el mandato “de consumir todos los bienes
disponibles (…) ordenando el disfrute ilimitado como norma”, al mismo tiempo
que, por otro lado, provoca “una creciente intangibilidad del disfrute”.
El hedonismo
es la meta, pero a la vez resulta inalcanzable.
Lo que hay es,
como mucho, muestras gratis, dosis exiguas crecientemente insuficientes que
generan una ansiedad en aumento, síndromes de abstinencia. Y el dinero está
mediando toda forma de ese goce ilusorio.
Si el dinero es
la herramienta para obtener lo único apreciado –la propia satisfacción–, y al
mismo tiempo esa satisfacción es imposible de lograr; entonces, por perversa transitividad,
la persecución de la riqueza pasa a ocupar el lugar de la satisfacción.
Y la ansiedad resultante, como un perro que se
centrifuga persiguiendo su cola, redunda en una tendencia hacia la
desintegración de la solidaridad: en la vida social la competencia desplaza a la
empatía, desde el momento en que “el otro se redujo apenas a un competidor
económico, un instrumento de enriquecimiento a explotar y así un enemigo a
aniquilar”.
Diagnóstico:
psicosis. Pero no individual: en una especie gregaria como la humana, este
cuadro configura una psicosis colectiva, frente a la que psicólogos y
psiquiatras se sienten impotentes: “¿cómo se cura una psicosis que ha salido de
los límites individuales?”, pregunta Berardi.
La
consecuencia capitalizable para el sistema, el efecto mágico, es que la
represión policíaca, instrumento tradicional de control social, se vuelve
innecesaria, porque la acción de conjunto se desvanece. Y las esporádicas
explosiones individuales son fáciles de neutralizar (y de explicar,
achacándolas al contexto particular). “La ignorancia y la superstición
publicitaria han eliminado cada una de las reglas políticas y formas culturales
que no coincidieran con la imposición de la obtención de lucro”.
El segundo
punto clarificador de Berardi es su definición de tecnoesfera. Forma
parte de su jerga macarrónica, es cierto, pero merece la disculpa. A la
tecnoesfera la define como un ambiente determinado por un dispositivo técnico
que, a la vez, organiza los procesos de la mente individual y del organismo
social en su conjunto. “En la tecnoesfera el humano no puede ni producir ni
consumir ni comunicar si no es hablando el lenguaje del propio autómata, si no
lo hace de acuerdo a las reglas de la red digital”.
El tercer
punto, resultado de los dos anteriores, es la transición completa y global desde
un modelo democrático-republicano a otro plutocrático-tecnológico, en el cual
las instituciones no son ni siquiera un paliativo para mitigar los dolores de
la mutación, sino apenas un placebo, cada vez menos confortador.
“La fe en la
democracia representativa está acabada porque casi todos se dieron cuenta de
que los gobiernos democráticos, así como los autoritarios, no pueden hacer nada
frente a la catástrofe ambiental, no pueden hacer lo único razonable que está a
su alcance, que es renunciar al principio indiscutible del crecimiento
económico. Tampoco pueden hacer nada contra el predominio financiero. Ni contra
el sufrimiento psíquico. Los gobiernos no pueden hacer nada de nada, y entonces
¿por qué nos hacen perder tiempo con sus falsas peleas llenas de insultos y de
vacuidad?”.
Como buen
italiano, Berardi es algo hiperbólico y melodramático, y en consecuencia también
lo es su conclusión: si no se puede pensar una sociedad porque sólo existen
individuos aislados y ensimismados; si toda actividad cognitiva es reemplazada
en la tecnoesfera por configuraciones lógico-técnicas de respuestas
predeterminadas o predeterminables; y si, por lo tanto, el gran poder
tecnológico-financiero nos tiene definitivamente agarrados por las pelotas,
entonces la lucha política no sólo es insostenible sino también reaccionaria,
porque su única función es legitimar el sistema.
Desertar
Aquí Bifo
entra de lleno en su propuesta. “Por muchos años consideré necesario asumir
posiciones, oponerse, comprometerse y batirse contra los explotadores, y hasta
si fuera necesario, tomar las armas para defenderse de los agresores”, declara
con honestidad al comienzo del libro.
Hoy, considera que los procesos de deshumanización son irreversibles, y por lo tanto ninguna acción voluntaria es eficaz. Pedir sentimientos fraternales cuando la gente se ha vuelto mezquina es inútil, al igual que las campañas contra el odio: “son como intentar curar la enfermedad predicando sobre la belleza de la salud”, explica. “Resignarse es el primer paso de la deserción”.
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| Abandono de la trinchera, 1916. |
Berardi detalla
cinco deserciones en conductas por el momento minoritarias, pero que ya se estarían
verificando:
1)
Desertar del trabajo: tanto en Occidente como en
Oriente, se comprueba cada vez más la renuncia a hacer carrera laboral, a la ilusión
de girar en la rueda del hámster eternamente tras la falsa zanahoria del éxito.
2)
Desertar del consumo: preferencia por no necesitar
nada que no se pueda producir de manera autónoma. Ir de compras como
compensación emocional ha hecho la vida miserable; en el futuro, el consumismo
será signo de atraso cultural.
3) Desertar de la política: negar la participación
en la fantochada democrática. El ausentismo en los comicios es creciente.
4) Desertar de la guerra: evitar prestarse a todo
tipo de reclutamiento, imitando las avalanchas de deserciones de los ejércitos
ruso y ucraniano.
5) Desertar de la procreación: la baja en la
natalidad se va verificando ya no sólo en el tradicional mundo desarrollado,
sino también en China y zonas periféricas.
Por supuesto,
la convocatoria parece relativamente accesible desde una mirada eurocéntrica.
Resulta más arduo concebir cómo un centroafricano optaría libremente por la
oferta de desertar, en cualquiera de sus sabores.
Convengamos
que Berardi se muestra dispuesto a desertar de casi todo, menos de la tradición
intelectual occidental; así Badiou, Guattari, Deleuze y Marcuse musculan su
pensamiento, tanto como Hume, Kant, Hegel y Marx conforman su columna
vertebral. Entre muchos otros, claro: por sus páginas desfilan Reich, Hobbes,
Sartre, Freud, Wittgenstein, y siguen largamente los nombres.
En su
descargo, también alude a muchos otros pensadores del resto del mundo, lo cual pone
de manifiesto una actitud de lectura abierta. A sus 73 años, Bifo parecía
haberse leído todo.
Aun con estos
reparos, su planteo no deja de ser interesante como registro de una tendencia, como
instantánea de la actualidad, por escasamente representativa que sea.
El problema
es, como siempre, de qué manera llevar la radicalidad de la iniciativa a un
desarrollo de aplicación programática. Pero llegados a este punto se nos acaba
el libro.
“No estoy
enunciando un programa, no estoy incitando a la deserción”, confiesa Berardi. “Mi
propuesta no es política. Es la descripción de un proceso que se percibe en los
comportamientos de la generación nacida en el cambio de milenio”.
Así cualquiera,
Bifo.
Otra perspectiva, las mismas herramientas
Tano
incorregible, Berardi se despide con una declaración emotiva, que no por
sensiblera deja de mostrar un desengaño sincero. Su deserción, dice, es la
deserción del ser, “abandono irónico del experimento, fallido, de la
civilización creada por un animal inteligente y apasionado que se ha destruido
a sí mismo y al planeta que lo ha albergado por algunos milenios, y que ahora
se está librando de él”. Violines de fondo.
La crítica
ociosa de la izquierda más paquidérmica podrá acusarlo de pequeñoburgués; es de
esperar que Berardi esté más allá de pavadas como esa. Todos deberíamos estarlo,
y concluir que su sentimiento es genuino, aunque inútil, políticamente
hablando.
Si la idea de
Berardi es una utopía imposible de llevar a la práctica, o de articular en un plan
de acción, ¿qué se puede rescatar de ello? Es más: cabría preguntarse, ¿para
qué escribió un libro sobre el tema?
Pero aunque el
planteo, a primera vista, puede parecer delirante, hay recuperaciones posibles,
y eficaces. Al menos, para un contexto local.
La sola idea
de desertar va en contra de toda educación, de toda formación, e inclusive de
toda historia de ese pensamiento occidental al que, ya se dijo, adhiere Berardi
con tanto fervor, y en el cual se fundamenta. Lo cual resulta, de manera
paradójica, contradictorio.
Luminosamente
contradictorio.
Porque nadie en
este hemisferio fue instruido en la idea de que la resignación es la salida.
Más bien al contrario. De la derecha a la izquierda, la épica siempre es
ofensiva: “fight, fight, fight”, desde una esquina. “La única batalla que se
pierde es la que se abandona”, desde la otra. Frases intercambiables, cuya
apropiación ideológica es apenas circunstancial.
Retirarse se
asimila, en nuestro imaginario cultural, a las tradiciones orientales. Como en
las artes marciales, donde se aprovecha en beneficio propio la fuerza del
rival.
Lo que está
estorbando es que resignación tiene una resonancia amarga, salvo que se
profundice el concepto desde otra perspectiva. El mismo Bifo da una
pista cuando alude al significado de resignation: en inglés, el sentido
más extendido de la expresión es diferente. Resignation es renuncia,
normalmente al trabajo.
Si vamos a su
etimología latina, resignāre proviene del prefijo re- (hacia
atrás, de nuevo) y signare (señalar o sellar). El sentido resultante de resignāre
es “abrir una carta o un testamento / revelar, descubrir”.
Bajo esta
luz, y despojada de sus rémoras cristianas, resignación indica un
momento activo de descubrimiento y análisis. En otras palabras, evaluar la
actualidad sin pánico por asumir derrotas; sin interpretar repliegues tácticos como
abandonos o volteretas panquequiles hacia el bando contrario.
Desensillar
hasta que aclare no es caer en nihilismos de costurerita engañada (o
desengañada), tan temidos y combatidos por los temerosos espacios combativos.
A falta de
ideas, la dinámica de la acción directa por la acción directa, como llevar
carteles a marchas y hacerse cagar a palos por la policía, no estaría redundando
en fortaleza sino en endeblez por exceso de previsibilidad. Puede servir como sostenimiento
de una frecuencia de onda de
resistencia, pero sólo como efecto reactivo y no como actitud propositiva; sin
estar enmarcada en un objetivo mayor corre el riesgo de reducirse a un fetiche.
Según autocritica el punto 12 del Manifiesto
por una política aceleracionista, la excusa es igual de débil: “«al
menos hacemos algo», es el grito unánime que lanzan aquellos que anteponen la
autoestima a la acción realmente eficaz”. A la autoestima habría que agregar el
orgullo nacional, la dignidad popular, la rebeldía que no se rinde, etc. etc.
(No se incursionará
en el aceleracionismo ni en más campos teóricos, por lo que después se
explicará.)
De cinco deserciones a tres
A diferencia
del compungido epílogo de Berardi, desertar puede ser una actitud crítica y
activa, una toma de posición existencial: para qué se hace cada cosa. Más que
una acción concreta, una guía de cuestionamiento ante cada trampa planteada por
el sistema.
En los
hechos: para el medio local, hay dos deserciones que pueden considerarse de
incidencia menor.
La primera es
la deserción de la guerra: más allá del contexto mundial y de tendencias globales,
no hay tradición en el país de un enrolamiento voluntario y desinteresado con
objetivos bélicos externos. No la hubo en la Guerra de la Triple Alianza, a la
que hubo que arrear contingentes encadenados, y eso fue hace más de 150 años.
La había, sí, en el caso de Malvinas, pero es muy difícil imaginar que hoy
alguien no vea en un nuevo intento una especulación política por detrás y un
absurdo por delante.
La segunda es
la deserción de la procreación. Tampoco parece ser, por el momento, un elemento
políticamente relevante a nivel local.
Quedan tres: la
principal en el enfoque que se plantea, por razones obvias, es la deserción de
la política.
Berardi la
reduce a una expresión haragana de desinterés en lo común, acentuado por el
ensimismamiento del individuo en su mundito: desistir del sufragio. Y ahí se
queda.
Se podría
profundizar este aspecto: se aventurarán algunas aproximaciones en los párrafos
siguientes. Pero hasta tanto se llegue a alguna conclusión, manifiesto o
programa, seguirá siendo preferible votar al menos dañino y sostener el marco
institucional –debilitado pero aún vigente– como mecanismo de reducción de
daños.
Existe
consenso, en el pensamiento presente, sobre el ya mencionado abandono del
modelo constitucional liberal nacido en el siglo xviii, consolidado en el xix
y aparentemente agotado en el xx:
desde el ascenso del neoliberalismo en 1979, la política global se ha reducido
a una ronda sistemática de ajustes estructurales.
La
inestabilidad financiera instalada a nivel global deriva cíclicamente en crisis
nacionales de deuda externa, y estas en déficits fiscales que obligan a un
ajuste estructural de los Estados. El Estado queda más chico, pero los recursos
para sustentarlo también, porque han sido capitalizados en provecho propio por
el sector privado que se fagocitó los sectores estatales liquidados. Con lo
cual es necesario un nuevo ciclo de ajuste, y vuelta a empezar.
Los poderes y
las instituciones del Estado –en especial las áreas de control y de servicios
sociales– se debilitan progresivamente, en proporción inversa al
fortalecimiento de las grandes corporaciones que los canibalizan. El destino
final, al menos teórico, sería la completa liquidación del Estado y su
reemplazo por sectores económicos de poder. En lugar de un presidente, un ceo; y en lugar de un parlamento, un
consejo de administración.
En otro orden
de cosas se mencionó, ejemplificando con Berardi, la excesiva adhesión al legado
del pensamiento filosófico-político occidental. Del cual, por supuesto, no es cuestión renegar, pero sí permitirse
pensar fuera de la caja.
Porque si hay
acuerdo extendido sobre la crisis del Estado liberal, y si todos los estudios
de referencia remiten a categorías de ese mismo modelo perimido o agonizante,
¿tiene sentido seguir proyectando a futuro los mismos paradigmas de división de
poderes, democracia representativa, equilibrios y contrapesos? ¿Constituciones
escritas, cuando quién sabe si la ciudadanía futura no se suscribirá mediante aceptación
de términos y condiciones en Internet? ¿Si será factible hablar de ciudadanía
siquiera?
Las
caracterizaciones de liberalismo, neoliberalismo, libertarianismo, socialdemocracia,
socialismo, comunismo, en cualquiera de sus variantes, todas tributarias del
modelo liberal en vías de extinción, ¿agregan algo de contenido al análisis, o
simplemente son etiquetas que evaden la discusión de fondo? Si la mayoría de
los observadores validan un desplazamiento hegemónico hacia Oriente
(principalmente China, pero también India y el sudeste asiático), y allí el
patrón es un capitalismo de Estado con características aún lejos, por
desconocimiento, de estar pormenorizadas, ¿no sería propicio empezar a pensar
o, mejor aún, imaginar un marco futuro de nuevas concepciones políticas, nuevos
vocabularios que las designen y nuevos paradigmas que las describan?
Desertar de
la política no sería por tanto, en estos términos, abandonar la práctica
comicial como decía Berardi, pero sí considerar su ordenamiento constitucional
apenas un medio transitorio de resistencia y no un principio organizador
de todo el sistema, que más tarde o más temprano será reformulado.
En el mismo
sentido de llenarlas de contenido político pueden considerarse las otras dos
deserciones que restan: la del consumo y la del trabajo.
Desertar del consumo no necesariamente
significa irse a vivir a una cueva en la montaña, a comer raíces e iluminarse
con fuego, pero sí adoptar una actitud proactiva para producir lo producible y,
de ese modo, dar pie a estrategias de asociación en beneficio mutuo.
Existen iniciativas
intuitivas y germinales en este sentido. Valgan como ejemplo las cooperativas
de consumo o de pequeños productores, que muestran tanto las virtudes como los
déficits de modelos incompletos: se necesita contar con una estrategia global
que potencie las primeras y resuelva los segundos. Haciendo foco en este caso
concreto, el precio de la producción orgánica es, en término medio, más elevado
que el de la industrial. La cercanía al punto de distribución es otro escollo: sólo
se pueden aprovechar las ventajas con un vehículo; un bolsón con quince o
veinte kilos de productos no se arrea en transporte público.
Abaratar
costos, ampliar el alcance y facilitar la circulación de las mercaderías en escala
colectiva puede ser un desafío, porque la distribución implica mayores gastos: ¿cómo
prorratearlos minimizando el gasto individual? La solución también debería ser mancomunada
y, a partir de ella, el contenido político concreto asoma evidente: constatar
en la potencia de la acción de conjunto el beneficio económico personal.
Es un
razonamiento tan elemental que parece innecesario, pero hace falta reconstruir
nociones que han sido demolidas sistemáticamente por la acción de prédicas que
no vienen de ahora. Ya se ha tratado en otra
entrada de este blog la insistencia metódica con que los poderes fácticos
vienen trabajando de muy larga data en los conceptos repetidos de inutilidad
del Estado en perjuicio del individuo. Véase como muestra, si no, el siguiente
anuncio del Consejo Publicitario Argentino, que en su propia página se define como “una
comunidad de empresas anunciantes, agencias, medios, organizaciones e
instituciones que nos unimos para promover (…) cambios de conducta positivos
mediante la comunicación”. En castizo: bajar línea.
El anuncio en
cuestión es del lejano 1968, hace casi sesenta años, y ya entonces esmerilaban
el sentido común de la población con lo de siempre:
Nuestras ¡ay! Empresas del Estado
Las empresas del Estado son una dura carga que pesa sobre nuestros
hombros. Y sobre nuestro presupuesto. El del país y el de cada uno. Porque
todos pagamos por buenos los malos servicios. Mucho dinero se malgasta cada día
en alimentar a la burocracia. Si ese dinero se redistribuyera mediante una
inteligente política de créditos, si el estatismo y la burocracia fueran
perseguidos como peligrosos enemigos del país, si la empresa privada viera
asegurada las condiciones para su progreso…
Si todo eso se hiciera habría para todos más trabajo, mejores remuneraciones, prosperidad.
Ciudadano: contribuya para que así sea. Combata el estancamiento, el miedo al cambio. Participe del esfuerzo por una Argentina fuerte, rica y justa.
Hermosa
meloneada en épocas de la dictadura militar del general Onganía y bajo el plan
ultraliberal de Krieger Vasena, cuyas acciones y efectos, es odioso tener que
referirlo nuevamente, ya se ha tratado en otra entrada a la que se tituló Setenta
veces verso. Y es que es así: una y otra vez la misma sanata, a lo largo de
generaciones: “más trabajo, mejores remuneraciones, prosperidad”. En 2026 se
escuchan idénticas promesas que nunca van a cumplirse.
Planificar la
economía debería dejar de ser mala palabra, pero para eso es necesario resignificarla, llenarla de un contenido nuevo.
Y este, el de
las asociaciones de consumo, es solo un caso, bastante pequeño, en que debería
enfocarse el diseño de un pensamiento político innovador.
Pasando a la
tercera deserción, la del trabajo: desertar del trabajo parece, como la revista
Barcelona, una solución europea para los problemas argentinos.
Berardi cita
a los hikikomori, sujetos que se aislan durante meses o años y no tienen
contacto ni con la familia, ni con el estudio, ni con el trabajo… pero eso pasa
en Japón, y sin duda cuando hay alguien que pueda dejar dos platos de comida al
día en la puerta del enclaustrado: de lo contrario, los hikikomori
procesarían su personal memento mori. Pensándolo bien, podría ser un
productivo llamado a la acción.
En cualquier
caso, no es un movimiento representativo a nivel global, como tampoco lo fue la
great resignation, aquella renuncia masiva a empleos en Estados Unidos
durante la pandemia de covid. Lujos
del primer mundo, por diversos motivos: económicos, en primer lugar, pero
también culturales.
Sin embargo, lo
que sí se comprueba como fenómeno extendido es la precariedad actual de las
condiciones de trabajo. Identidades del trabajo fragmentadas, cuando antes se
contaba con universo asalariado homogéneo. La inseguridad laboral devenida
permanente ha favorecido el desapego al empleo estable. Las generaciones más
recientes, especialmente en los estratos medios y medios bajos, sienten muy
ajeno el sentimiento trágico de perder el trabajo, desde que familia, carrera o
casa propia ya no son objetivos en la vida.
Esa indiferencia
ante formas tradicionales de organización del trabajo que escandaliza a las
generaciones anteriores, ¿no podría ser percibida como una fortaleza? ¿No
resulta paradojal que aún se lo juzgue un déficit en su condición de
trabajadores? Por otro lado, ¿qué clase de trabajadores, y qué tipo de trabajo?
Si las formas de agremiación se han debilitado no fue su culpa, y si en cambio votan
con los pies frente al poder empresario, para usar la expresión
estadounidense de irse si las condiciones no resultan satisfactorias, manifestando
un principio autonómico, aunque luzca pasivo y en escala individual, ¿no podría
verse en ello una potencia política en germen?
Yendo un paso
más allá, ¿quién censa e investiga los motivos profundos que llevan a masas
crecientes, no sólo en esta parte del globo sino en todo el planeta, a vivir
del cartoneo, de la manga o directamente a arrojarse a vivir en las calles sin
ninguna expectativa ni deseo de ajuste al funcionamiento de la sociedad? Decir
que se trata de vagos o planeros, o de gente quebrada por la depresión y el
desamparo, o mentalmente afectada o desequilibrada, o lumpen, no es suficiente para
describir la extensión y transversalidad del fenómeno. ¿No se trata de una
explicación insuficiente, que ignora el sentimiento de ser expulsados del
sistema y descubrir en ello una forma insospechada de liberación? ¿Y no puede
ser esto, también, de manera embrionaria, un posicionamiento político?
Volver a las (patas en las) fuentes
O en todo
caso, volver al principio de esta entrada, a la falaz infalibilidad del
pueblo y el lapidario merecimiento de sus gobiernos.
Porque el
problema no es Milei. Milei va a pasar. De hecho, ya está pasando. Si los
poderes fácticos le toleran insultos a altos empresarios, desplantes, estafas,
mentiras, manipulación de datos y corrupción –a sabiendas de que es un
pelafustán aventurero rodeado de una corte de los milagros rufianesca y coimera–,
es porque necesitan cargarle todo el trabajo sucio.
Ya vendrá el
tiempo, como
se viene sosteniendo hace ya rato en este blog, de sepultarlo bajo todas
las acusaciones que ha ido coleccionando. Antes tiene que dejar los deberes
hechos, firmados y sellados.
Pero si todo
sigue igual, después de él vendrá algún otro Don Pelele. Por eso resulta
imperioso poner el foco en la gente. En los que meten las patas en la fuente. Interpretar
al sujeto político usando herramientas adecuadas debería ser un punto de
partida confiable para no construir castillos en el aire.
El modo desertar
puede ser una de esas herramientas. No como defección, sino como punto de vista
nuevo para ejercer la mirada crítica. Evitando la pretensión de que las
categorías encajen a la fuerza en la realidad, y en cambio creando nuevas que
sean armónicas con ella –y sobre todo, que la describan con la mayor precisión
posible.
La parálisis
de todo pensamiento progresista se expresa mejor que nunca en el prototipo del indignado.
Porque la indignación es una expresión de la impotencia. Es lo contrario de la rebeldía. El épater le bourgeois fue
reemplazado por el espantar al progresista. No hay nada más derrotista
que una persona escandalizada.
La alternativa
a la indignación tampoco puede ser el empecinamiento en la lucha sin objetivo
claro. Una patrulla perdida nunca es otra cosa que una patrulla perdida.
Es momento de
dar un salto cualitativo, pero con el pensamiento, antes de pasar a la acción. Y
hay mucho camino que recorrer en ese terreno. Se anticipó que no habría más
teoría en esta entrada porque con Berardi era más que suficiente. En la próxima
se intentarán algunas aproximaciones amigables.
Y también
entrará en consideración el epígrafe del principio, que no por nada encabeza
estas reflexiones.



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