La estrategia de desertar


Pornokratès. Félicien Roops, 1878.

–¿Hay que considerarte realista? –le preguntó Wesley una vez.

–Yo opino que el mundo está poblado mayoritariamente por tarados –respondió Don Allman–. Saca de ahí tus conclusiones.

Stephen King, Ur

Mi viejo tenía dos latiguillos que usaba para explicar coyunturas políticas, según resultaran de su agrado o no.

Uno rezaba: el pueblo nunca se equivoca. Representaba su visión optimista y esperanzada en el progreso humano.

El otro mostraba su vertiente pesimista y desencantada: cada pueblo tiene el gobierno que se merece.

No eran invenciones suyas, por supuesto. Se las escuchaba con frecuencia en la segunda mitad del siglo pasado, y todavía resuenan de vez en cuando por ahí.

Ambos asertos tienen ese formato sentencioso que cae como una plomada y convence. Parecen contradictorios pero no lo son, ajustando un poco el calibre.

El primero, atribuido a Perón, es la consecuencia de cierta pereza mental: una intuición remolona. La fuerza asertiva siempre impresiona bien, pero cualquiera se da cuenta de que eso de que el pueblo nunca se equivoca no resiste el análisis.

Ajustando un poco la mira se podría apuntar mejor. Por ejemplo: aunque en principio parezcan incomprensibles, siempre hay razones que explican los comportamientos y decisiones del pueblo –a través de votaciones, insurrecciones o pronunciamientos. Lo cual es muy diferente a decir que nunca se equivoca.

Como decía Adorno, lo dicho vagamente está mal pensado.

La segunda sentencia, la pesimista (regurgitada por De Maistre hace más de 200 años), necesita menos escofina, aunque como toda generalización elude complejidades.

Por supuesto, sería una cretinada afirmar que el sufrido pueblo de Camerún se merece a Paul Biya, que lo tiraniza hace 50 años con el aval de la democrática Francia, sin cuyo apoyo financiero y militar no podría sostenerse. Pero quizá podría consentirse que Hungría se merecía a Viktor Orbán, o Estados Unidos a Trump. O Argentina a Milei, sin ir más lejos. Especialmente valiéndose, como complemento, del primer precepto, aquel que reformulado resulta en el pueblo suele tener razones que la razón desconoce (en el sentido de desconocerlas como elementos racionales, claro).

De lo cual se deduce que lo que hacía mi viejo era, alternativamente, graficar los vaivenes de la historia con absoluta (e involuntaria) coherencia. Aunque lo que las diferencia es el tono entusiasta o decepcionado, las dos sentencias en realidad son una única expresión simplificada de algo bastante más complejo.

Pero es que los eslóganes son seductoramente contundentes. Lo suficiente para ser adoptados sin mediar pensamiento crítico.

 

Los argumentos de Bifo

 En 2022 apenas se estaban disipando las miasmas de la pandemia de covid cuando, de sobrepique, se desencadenó la guerra de Ucrania. En ese ambiente apocalíptico, Bifo Berardi incuba su reflexión, publicada el año siguiente: Desertemos.

El título no es muy alentador, o al menos no lo aparenta; y sin embargo lo es, o pretende serlo.

Berardi es un personaje icónico de la izquierda italiana al que le cuelgan suficientes cucardas en su trayectoria como para tener que rendir cuentas de nada, a nadie.

El libro es desordenado, aluvional, repetitivo, con un amontonamiento de datos no se entiende hasta dónde concurrentes y en parte ya explorados por otros con mejor método.

Algunas expresiones se hacen crípticas, constituyendo un frafraslafra de jerga innecesaria. No hay nada en contra del vocabulario técnico, pero ¿es imprescindible hablar de desinvestimiento de la energía libidinal para aclarar que nada te calienta? ¿de psicodeflación por depresión colectiva? ¿Se espera esclarecer a la gente –que ya viene bastante despistada– explicándole que “la automatización de la biósfera humana es un objetivo asintótico”?

La lectura se hace farragosa por momentos. Quizá haya alguna responsabilidad en la traducción, aunque tengo para mí que quien tomó la tarea maldijo más de una vez el momento en que aceptó el encargo.

Con sus defectos, la argumentación de Bifo tiene algunos puntos luminosos. Entre ellos, su propuesta central: la deserción.

Antes de llegar a ella, Berardi describe el momento actual y aporta otros conceptos atendibles.

Su primer punto es que el sistema ha impuesto el mandato “de consumir todos los bienes disponibles (…) ordenando el disfrute ilimitado como norma”, al mismo tiempo que, por otro lado, provoca “una creciente intangibilidad del disfrute”.

El hedonismo es la meta, pero a la vez resulta inalcanzable.

Lo que hay es, como mucho, muestras gratis, dosis exiguas crecientemente insuficientes que generan una ansiedad en aumento, síndromes de abstinencia. Y el dinero está mediando toda forma de ese goce ilusorio.

Si el dinero es la herramienta para obtener lo único apreciado –la propia satisfacción–, y al mismo tiempo esa satisfacción es imposible de lograr; entonces, por perversa transitividad, la persecución de la riqueza pasa a ocupar el lugar de la satisfacción.

 Y la ansiedad resultante, como un perro que se centrifuga persiguiendo su cola, redunda en una tendencia hacia la desintegración de la solidaridad: en la vida social la competencia desplaza a la empatía, desde el momento en que “el otro se redujo apenas a un competidor económico, un instrumento de enriquecimiento a explotar y así un enemigo a aniquilar”.

Diagnóstico: psicosis. Pero no individual: en una especie gregaria como la humana, este cuadro configura una psicosis colectiva, frente a la que psicólogos y psiquiatras se sienten impotentes: “¿cómo se cura una psicosis que ha salido de los límites individuales?”, pregunta Berardi.

La consecuencia capitalizable para el sistema, el efecto mágico, es que la represión policíaca, instrumento tradicional de control social, se vuelve innecesaria, porque la acción de conjunto se desvanece. Y las esporádicas explosiones individuales son fáciles de neutralizar (y de explicar, achacándolas al contexto particular). “La ignorancia y la superstición publicitaria han eliminado cada una de las reglas políticas y formas culturales que no coincidieran con la imposición de la obtención de lucro”.

El segundo punto clarificador de Berardi es su definición de tecnoesfera. Forma parte de su jerga macarrónica, es cierto, pero merece la disculpa. A la tecnoesfera la define como un ambiente determinado por un dispositivo técnico que, a la vez, organiza los procesos de la mente individual y del organismo social en su conjunto. “En la tecnoesfera el humano no puede ni producir ni consumir ni comunicar si no es hablando el lenguaje del propio autómata, si no lo hace de acuerdo a las reglas de la red digital”.

El tercer punto, resultado de los dos anteriores, es la transición completa y global desde un modelo democrático-republicano a otro plutocrático-tecnológico, en el cual las instituciones no son ni siquiera un paliativo para mitigar los dolores de la mutación, sino apenas un placebo, cada vez menos confortador.

“La fe en la democracia representativa está acabada porque casi todos se dieron cuenta de que los gobiernos democráticos, así como los autoritarios, no pueden hacer nada frente a la catástrofe ambiental, no pueden hacer lo único razonable que está a su alcance, que es renunciar al principio indiscutible del crecimiento económico. Tampoco pueden hacer nada contra el predominio financiero. Ni contra el sufrimiento psíquico. Los gobiernos no pueden hacer nada de nada, y entonces ¿por qué nos hacen perder tiempo con sus falsas peleas llenas de insultos y de vacuidad?”.

Como buen italiano, Berardi es algo hiperbólico y melodramático, y en consecuencia también lo es su conclusión: si no se puede pensar una sociedad porque sólo existen individuos aislados y ensimismados; si toda actividad cognitiva es reemplazada en la tecnoesfera por configuraciones lógico-técnicas de respuestas predeterminadas o predeterminables; y si, por lo tanto, el gran poder tecnológico-financiero nos tiene definitivamente agarrados por las pelotas, entonces la lucha política no sólo es insostenible sino también reaccionaria, porque su única función es legitimar el sistema.

 

Desertar

Aquí Bifo entra de lleno en su propuesta. “Por muchos años consideré necesario asumir posiciones, oponerse, comprometerse y batirse contra los explotadores, y hasta si fuera necesario, tomar las armas para defenderse de los agresores”, declara con honestidad al comienzo del libro.

Hoy, considera que los procesos de deshumanización son irreversibles, y por lo tanto ninguna acción voluntaria es eficaz. Pedir sentimientos fraternales cuando la gente se ha vuelto mezquina es inútil, al igual que las campañas contra el odio: “son como intentar curar la enfermedad predicando sobre la belleza de la salud”, explica. “Resignarse es el primer paso de la deserción”.

Abandono de la trinchera, 1916.

Berardi detalla cinco deserciones en conductas por el momento minoritarias, pero que ya se estarían verificando:

1)     Desertar del trabajo: tanto en Occidente como en Oriente, se comprueba cada vez más la renuncia a hacer carrera laboral, a la ilusión de girar en la rueda del hámster eternamente tras la falsa zanahoria del éxito.

2)     Desertar del consumo: preferencia por no necesitar nada que no se pueda producir de manera autónoma. Ir de compras como compensación emocional ha hecho la vida miserable; en el futuro, el consumismo será signo de atraso cultural.

3)  Desertar de la política: negar la participación en la fantochada democrática. El ausentismo en los comicios es creciente.

4)   Desertar de la guerra: evitar prestarse a todo tipo de reclutamiento, imitando las avalanchas de deserciones de los ejércitos ruso y ucraniano.

5)   Desertar de la procreación: la baja en la natalidad se va verificando ya no sólo en el tradicional mundo desarrollado, sino también en China y zonas periféricas.

Por supuesto, la convocatoria parece relativamente accesible desde una mirada eurocéntrica. Resulta más arduo concebir cómo un centroafricano optaría libremente por la oferta de desertar, en cualquiera de sus sabores.

Convengamos que Berardi se muestra dispuesto a desertar de casi todo, menos de la tradición intelectual occidental; así Badiou, Guattari, Deleuze y Marcuse musculan su pensamiento, tanto como Hume, Kant, Hegel y Marx conforman su columna vertebral. Entre muchos otros, claro: por sus páginas desfilan Reich, Hobbes, Sartre, Freud, Wittgenstein, y siguen largamente los nombres.

En su descargo, también alude a muchos otros pensadores del resto del mundo, lo cual pone de manifiesto una actitud de lectura abierta. A sus 73 años, Bifo parecía haberse leído todo.

Aun con estos reparos, su planteo no deja de ser interesante como registro de una tendencia, como instantánea de la actualidad, por escasamente representativa que sea.

El problema es, como siempre, de qué manera llevar la radicalidad de la iniciativa a un desarrollo de aplicación programática. Pero llegados a este punto se nos acaba el libro.

“No estoy enunciando un programa, no estoy incitando a la deserción”, confiesa Berardi. “Mi propuesta no es política. Es la descripción de un proceso que se percibe en los comportamientos de la generación nacida en el cambio de milenio”.

Así cualquiera, Bifo.

 

Otra perspectiva, las mismas herramientas

Tano incorregible, Berardi se despide con una declaración emotiva, que no por sensiblera deja de mostrar un desengaño sincero. Su deserción, dice, es la deserción del ser, “abandono irónico del experimento, fallido, de la civilización creada por un animal inteligente y apasionado que se ha destruido a sí mismo y al planeta que lo ha albergado por algunos milenios, y que ahora se está librando de él”. Violines de fondo.

La crítica ociosa de la izquierda más paquidérmica podrá acusarlo de pequeñoburgués; es de esperar que Berardi esté más allá de pavadas como esa. Todos deberíamos estarlo, y concluir que su sentimiento es genuino, aunque inútil, políticamente hablando.

Si la idea de Berardi es una utopía imposible de llevar a la práctica, o de articular en un plan de acción, ¿qué se puede rescatar de ello? Es más: cabría preguntarse, ¿para qué escribió un libro sobre el tema?

Pero aunque el planteo, a primera vista, puede parecer delirante, hay recuperaciones posibles, y eficaces. Al menos, para un contexto local.

La sola idea de desertar va en contra de toda educación, de toda formación, e inclusive de toda historia de ese pensamiento occidental al que, ya se dijo, adhiere Berardi con tanto fervor, y en el cual se fundamenta. Lo cual resulta, de manera paradójica, contradictorio.

Luminosamente contradictorio.

Porque nadie en este hemisferio fue instruido en la idea de que la resignación es la salida. Más bien al contrario. De la derecha a la izquierda, la épica siempre es ofensiva: “fight, fight, fight”, desde una esquina. “La única batalla que se pierde es la que se abandona”, desde la otra. Frases intercambiables, cuya apropiación ideológica es apenas circunstancial.

Retirarse se asimila, en nuestro imaginario cultural, a las tradiciones orientales. Como en las artes marciales, donde se aprovecha en beneficio propio la fuerza del rival.

Lo que está estorbando es que resignación tiene una resonancia amarga, salvo que se profundice el concepto desde otra perspectiva. El mismo Bifo da una pista cuando alude al significado de resignation: en inglés, el sentido más extendido de la expresión es diferente. Resignation es renuncia, normalmente al trabajo.

Si vamos a su etimología latina, resignāre proviene del prefijo re- (hacia atrás, de nuevo) y signare (señalar o sellar). El sentido resultante de resignāre es “abrir una carta o un testamento / revelar, descubrir”.

Bajo esta luz, y despojada de sus rémoras cristianas, resignación indica un momento activo de descubrimiento y análisis. En otras palabras, evaluar la actualidad sin pánico por asumir derrotas; sin interpretar repliegues tácticos como abandonos o volteretas panquequiles hacia el bando contrario.

Desensillar hasta que aclare no es caer en nihilismos de costurerita engañada (o desengañada), tan temidos y combatidos por los temerosos espacios combativos.

A falta de ideas, la dinámica de la acción directa por la acción directa, como llevar carteles a marchas y hacerse cagar a palos por la policía, no estaría redundando en fortaleza sino en endeblez por exceso de previsibilidad. Puede servir como sostenimiento de una frecuencia de onda de resistencia, pero sólo como efecto reactivo y no como actitud propositiva; sin estar enmarcada en un objetivo mayor corre el riesgo de reducirse a un fetiche. Según autocritica el punto 12 del Manifiesto por una política aceleracionista, la excusa es igual de débil: “«al menos hacemos algo», es el grito unánime que lanzan aquellos que anteponen la autoestima a la acción realmente eficaz”. A la autoestima habría que agregar el orgullo nacional, la dignidad popular, la rebeldía que no se rinde, etc. etc.

(No se incursionará en el aceleracionismo ni en más campos teóricos, por lo que después se explicará.)

 

De cinco deserciones a tres

A diferencia del compungido epílogo de Berardi, desertar puede ser una actitud crítica y activa, una toma de posición existencial: para qué se hace cada cosa. Más que una acción concreta, una guía de cuestionamiento ante cada trampa planteada por el sistema.

En los hechos: para el medio local, hay dos deserciones que pueden considerarse de incidencia menor.

La primera es la deserción de la guerra: más allá del contexto mundial y de tendencias globales, no hay tradición en el país de un enrolamiento voluntario y desinteresado con objetivos bélicos externos. No la hubo en la Guerra de la Triple Alianza, a la que hubo que arrear contingentes encadenados, y eso fue hace más de 150 años. La había, sí, en el caso de Malvinas, pero es muy difícil imaginar que hoy alguien no vea en un nuevo intento una especulación política por detrás y un absurdo por delante.

La segunda es la deserción de la procreación. Tampoco parece ser, por el momento, un elemento políticamente relevante a nivel local.

Quedan tres: la principal en el enfoque que se plantea, por razones obvias, es la deserción de la política.

Berardi la reduce a una expresión haragana de desinterés en lo común, acentuado por el ensimismamiento del individuo en su mundito: desistir del sufragio. Y ahí se queda.

Se podría profundizar este aspecto: se aventurarán algunas aproximaciones en los párrafos siguientes. Pero hasta tanto se llegue a alguna conclusión, manifiesto o programa, seguirá siendo preferible votar al menos dañino y sostener el marco institucional –debilitado pero aún vigente– como mecanismo de reducción de daños.

Existe consenso, en el pensamiento presente, sobre el ya mencionado abandono del modelo constitucional liberal nacido en el siglo xviii, consolidado en el xix y aparentemente agotado en el xx: desde el ascenso del neoliberalismo en 1979, la política global se ha reducido a una ronda sistemática de ajustes estructurales.

La inestabilidad financiera instalada a nivel global deriva cíclicamente en crisis nacionales de deuda externa, y estas en déficits fiscales que obligan a un ajuste estructural de los Estados. El Estado queda más chico, pero los recursos para sustentarlo también, porque han sido capitalizados en provecho propio por el sector privado que se fagocitó los sectores estatales liquidados. Con lo cual es necesario un nuevo ciclo de ajuste, y vuelta a empezar.

Los poderes y las instituciones del Estado –en especial las áreas de control y de servicios sociales– se debilitan progresivamente, en proporción inversa al fortalecimiento de las grandes corporaciones que los canibalizan. El destino final, al menos teórico, sería la completa liquidación del Estado y su reemplazo por sectores económicos de poder. En lugar de un presidente, un ceo; y en lugar de un parlamento, un consejo de administración.

En otro orden de cosas se mencionó, ejemplificando con Berardi, la excesiva adhesión al legado del pensamiento filosófico-político occidental. Del cual, por supuesto,  no es cuestión renegar, pero sí permitirse pensar fuera de la caja.

Porque si hay acuerdo extendido sobre la crisis del Estado liberal, y si todos los estudios de referencia remiten a categorías de ese mismo modelo perimido o agonizante, ¿tiene sentido seguir proyectando a futuro los mismos paradigmas de división de poderes, democracia representativa, equilibrios y contrapesos? ¿Constituciones escritas, cuando quién sabe si la ciudadanía futura no se suscribirá mediante aceptación de términos y condiciones en Internet? ¿Si será factible hablar de ciudadanía siquiera?

Las caracterizaciones de liberalismo, neoliberalismo, libertarianismo, socialdemocracia, socialismo, comunismo, en cualquiera de sus variantes, todas tributarias del modelo liberal en vías de extinción, ¿agregan algo de contenido al análisis, o simplemente son etiquetas que evaden la discusión de fondo? Si la mayoría de los observadores validan un desplazamiento hegemónico hacia Oriente (principalmente China, pero también India y el sudeste asiático), y allí el patrón es un capitalismo de Estado con características aún lejos, por desconocimiento, de estar pormenorizadas, ¿no sería propicio empezar a pensar o, mejor aún, imaginar un marco futuro de nuevas concepciones políticas, nuevos vocabularios que las designen y nuevos paradigmas que las describan?

Desertar de la política no sería por tanto, en estos términos, abandonar la práctica comicial como decía Berardi, pero sí considerar su ordenamiento constitucional apenas un medio transitorio de resistencia y no un principio organizador de todo el sistema, que más tarde o más temprano será reformulado.

En el mismo sentido de llenarlas de contenido político pueden considerarse las otras dos deserciones que restan: la del consumo y la del trabajo.

 Desertar del consumo no necesariamente significa irse a vivir a una cueva en la montaña, a comer raíces e iluminarse con fuego, pero sí adoptar una actitud proactiva para producir lo producible y, de ese modo, dar pie a estrategias de asociación en beneficio mutuo.

Existen iniciativas intuitivas y germinales en este sentido. Valgan como ejemplo las cooperativas de consumo o de pequeños productores, que muestran tanto las virtudes como los déficits de modelos incompletos: se necesita contar con una estrategia global que potencie las primeras y resuelva los segundos. Haciendo foco en este caso concreto, el precio de la producción orgánica es, en término medio, más elevado que el de la industrial. La cercanía al punto de distribución es otro escollo: sólo se pueden aprovechar las ventajas con un vehículo; un bolsón con quince o veinte kilos de productos no se arrea en transporte público.

Abaratar costos, ampliar el alcance y facilitar la circulación de las mercaderías en escala colectiva puede ser un desafío, porque la distribución implica mayores gastos: ¿cómo prorratearlos minimizando el gasto individual? La solución también debería ser mancomunada y, a partir de ella, el contenido político concreto asoma evidente: constatar en la potencia de la acción de conjunto el beneficio económico personal.

Es un razonamiento tan elemental que parece innecesario, pero hace falta reconstruir nociones que han sido demolidas sistemáticamente por la acción de prédicas que no vienen de ahora. Ya se ha tratado en otra entrada de este blog la insistencia metódica con que los poderes fácticos vienen trabajando de muy larga data en los conceptos repetidos de inutilidad del Estado en perjuicio del individuo. Véase como muestra, si no, el siguiente anuncio del Consejo Publicitario Argentino, que en su propia página se define como “una comunidad de empresas anunciantes, agencias, medios, organizaciones e instituciones que nos unimos para promover (…) cambios de conducta positivos mediante la comunicación”. En castizo: bajar línea.

El anuncio en cuestión es del lejano 1968, hace casi sesenta años, y ya entonces esmerilaban el sentido común de la población con lo de siempre:

Nuestras ¡ay! Empresas del Estado

Las empresas del Estado son una dura carga que pesa sobre nuestros hombros. Y sobre nuestro presupuesto. El del país y el de cada uno. Porque todos pagamos por buenos los malos servicios. Mucho dinero se malgasta cada día en alimentar a la burocracia. Si ese dinero se redistribuyera mediante una inteligente política de créditos, si el estatismo y la burocracia fueran perseguidos como peligrosos enemigos del país, si la empresa privada viera asegurada las condiciones para su progreso…

Si todo eso se hiciera habría para todos más trabajo, mejores remuneraciones, prosperidad.

Ciudadano: contribuya para que así sea. Combata el estancamiento, el miedo al cambio. Participe del esfuerzo por una Argentina fuerte, rica y justa.

Hermosa meloneada en épocas de la dictadura militar del general Onganía y bajo el plan ultraliberal de Krieger Vasena, cuyas acciones y efectos, es odioso tener que referirlo nuevamente, ya se ha tratado en otra entrada a la que se tituló Setenta veces verso. Y es que es así: una y otra vez la misma sanata, a lo largo de generaciones: “más trabajo, mejores remuneraciones, prosperidad”. En 2026 se escuchan idénticas promesas que nunca van a cumplirse.

Planificar la economía debería dejar de ser mala palabra, pero para eso es necesario resignificarla, llenarla de un contenido nuevo.

Y este, el de las asociaciones de consumo, es solo un caso, bastante pequeño, en que debería enfocarse el diseño de un pensamiento político innovador.

Pasando a la tercera deserción, la del trabajo: desertar del trabajo parece, como la revista Barcelona, una solución europea para los problemas argentinos.

Berardi cita a los hikikomori, sujetos que se aislan durante meses o años y no tienen contacto ni con la familia, ni con el estudio, ni con el trabajo… pero eso pasa en Japón, y sin duda cuando hay alguien que pueda dejar dos platos de comida al día en la puerta del enclaustrado: de lo contrario, los hikikomori procesarían su personal memento mori. Pensándolo bien, podría ser un productivo llamado a la acción.

En cualquier caso, no es un movimiento representativo a nivel global, como tampoco lo fue la great resignation, aquella renuncia masiva a empleos en Estados Unidos durante la pandemia de covid. Lujos del primer mundo, por diversos motivos: económicos, en primer lugar, pero también culturales.

Sin embargo, lo que sí se comprueba como fenómeno extendido es la precariedad actual de las condiciones de trabajo. Identidades del trabajo fragmentadas, cuando antes se contaba con universo asalariado homogéneo. La inseguridad laboral devenida permanente ha favorecido el desapego al empleo estable. Las generaciones más recientes, especialmente en los estratos medios y medios bajos, sienten muy ajeno el sentimiento trágico de perder el trabajo, desde que familia, carrera o casa propia ya no son objetivos en la vida.

Esa indiferencia ante formas tradicionales de organización del trabajo que escandaliza a las generaciones anteriores, ¿no podría ser percibida como una fortaleza? ¿No resulta paradojal que aún se lo juzgue un déficit en su condición de trabajadores? Por otro lado, ¿qué clase de trabajadores, y qué tipo de trabajo? Si las formas de agremiación se han debilitado no fue su culpa, y si en cambio votan con los pies frente al poder empresario, para usar la expresión estadounidense de irse si las condiciones no resultan satisfactorias, manifestando un principio autonómico, aunque luzca pasivo y en escala individual, ¿no podría verse en ello una potencia política en germen?

Yendo un paso más allá, ¿quién censa e investiga los motivos profundos que llevan a masas crecientes, no sólo en esta parte del globo sino en todo el planeta, a vivir del cartoneo, de la manga o directamente a arrojarse a vivir en las calles sin ninguna expectativa ni deseo de ajuste al funcionamiento de la sociedad? Decir que se trata de vagos o planeros, o de gente quebrada por la depresión y el desamparo, o mentalmente afectada o desequilibrada, o lumpen, no es suficiente para describir la extensión y transversalidad del fenómeno. ¿No se trata de una explicación insuficiente, que ignora el sentimiento de ser expulsados del sistema y descubrir en ello una forma insospechada de liberación? ¿Y no puede ser esto, también, de manera embrionaria, un posicionamiento político?

 

Volver a las (patas en las) fuentes

O en todo caso, volver al principio de esta entrada, a la falaz infalibilidad del pueblo y el lapidario merecimiento de sus gobiernos.

Porque el problema no es Milei. Milei va a pasar. De hecho, ya está pasando. Si los poderes fácticos le toleran insultos a altos empresarios, desplantes, estafas, mentiras, manipulación de datos y corrupción –a sabiendas de que es un pelafustán aventurero rodeado de una corte de los milagros rufianesca y coimera–, es porque necesitan cargarle todo el trabajo sucio.

Ya vendrá el tiempo, como se viene sosteniendo hace ya rato en este blog, de sepultarlo bajo todas las acusaciones que ha ido coleccionando. Antes tiene que dejar los deberes hechos, firmados y sellados.

Pero si todo sigue igual, después de él vendrá algún otro Don Pelele. Por eso resulta imperioso poner el foco en la gente. En los que meten las patas en la fuente. Interpretar al sujeto político usando herramientas adecuadas debería ser un punto de partida confiable para no construir castillos en el aire.

El modo desertar puede ser una de esas herramientas. No como defección, sino como punto de vista nuevo para ejercer la mirada crítica. Evitando la pretensión de que las categorías encajen a la fuerza en la realidad, y en cambio creando nuevas que sean armónicas con ella –y sobre todo, que la describan con la mayor precisión posible.

La parálisis de todo pensamiento progresista se expresa mejor que nunca en el prototipo del indignado. Porque la indignación es una expresión de la impotencia. Es lo contrario de la rebeldía. El épater le bourgeois fue reemplazado por el espantar al progresista. No hay nada más derrotista que una persona escandalizada.

La alternativa a la indignación tampoco puede ser el empecinamiento en la lucha sin objetivo claro. Una patrulla perdida nunca es otra cosa que una patrulla perdida.

Es momento de dar un salto cualitativo, pero con el pensamiento, antes de pasar a la acción. Y hay mucho camino que recorrer en ese terreno. Se anticipó que no habría más teoría en esta entrada porque con Berardi era más que suficiente. En la próxima se intentarán algunas aproximaciones amigables.

Y también entrará en consideración el epígrafe del principio, que no por nada encabeza estas reflexiones.

 

  

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