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               Esta podría ser una película de Hitchcock, de ésas en que el final era todo lo contrario de lo esperado:
“Con respecto a los principios generales de la política económica, puede afirmarse que se atacaron con mayor intensidad los efectos que las causas de los problemas generales del país. Se consideró como objetivos prioritarios la contención de la inflación, la disminución del déficit fiscal y el equilibrio del balance de pagos.
“No se tuvo en cuenta la alta vulnerabilidad externa de la economía argentina ni los efectos de los bajos salarios sobre la compresión del mercado interno. Ante la magnitud del endeudamiento externo, se buscaron formas que permitieran pagar –o refinanciar– deudas cada vez más elevadas, en lugar de intentar sustituir el financiamiento externo por el interno.
“Los supuestos explícitos sobre los que se apoyaron buena parte de las políticas económicos fueron los siguientes:
“a) La inflación es consecuencia del exceso de demanda. Por tanto, un objetivo prioritario […] fue la reducción de la demanda interna, provocándose un continuo deterioro del salario real.
“b) Los aumentos de salarios se transfieren inevitablemente a los precios o comprimen las ganancias […].
“En ninguna de las dos hipótesis se atacaba el punto central, y es que un alto nivel de ganancias empresarias no garantiza su inversión en el país, si no se produce una continua ampliación de la demanda interna.
“El resultado de estas políticas fue la acumulación de grandes masas de capital generado en la Argentina e invertido en el exterior. […]
“c) Se argumentó que la mejor manera de capitalizar el país era permitiendo que las empresas extranjeras giraran libremente sus ganancias al exterior. Como es obvio para cualquiera que no sea un economista, los resultados obtenidos fueron exactamente opuestos.
“d) Se pensaba también que para lograr el equilibrio externo era necesario efectuar transferencias masivas de ingresos a la producción agraria exportable. Sin embargo, la mera transferencia de recursos al sector agropecuario no produjo los efectos publicitados. […]
“Este conjunto de políticas de estabilización desencadenó procesos recesivos con aumento del desempleo y caída de los salarios reales. Además, las devaluaciones masivas que trasladaron ingresos a los exportadores fortalecieron las presiones al alza de precios; del mismo modo actuó la mayor incidencia de los costos fijos al operar las industrias con un bajo nivel de ocupación.”
Todo esto es lo que pasó en los años macristas. Parecería.
Sólo que no pasó ahora. O sí, pasó ahora, pero ya había pasado antes. Para que se entienda: lo de las líneas precedentes no es un compendio de los errores de Cambiemos desde 2015. Es la descripción de la política económica implementada en los años inmediatamente posteriores a 1955.
Punto a punto, de ayer a hoy, las consignas se corresponden con literalidad. Ahí están contenidas las reformas laboral y previsional, las devaluaciones, la quita de retenciones, el blanqueo, la desregulación cambiaria, la libre remesa de ganancias al exterior, la fuga de capitales a paraísos fiscales, los tarifazos, la desocupación, el congelamiento de paritarias, la compulsión de los salarios a la baja.
En 1959, Alsogaray hablaba de “pasar el invierno”. En 2018, Marcos Peña de meses “más fríos, tormentosos y recesivos”. Eternamente, el invierno.
Y todo, exactamente igual. Como una pesadilla recurrente.

Vértigo

Quizá no sería lo mismo si se tratara de un estudio reciente sobre las políticas de la época del Plan Prebisch. Pero lo que produce algo parecido al vértigo es saber que la cita está extraída de 1880-1982. Historia de las crisis argentinas. Un sacrificio inútil, de Antonio Elio Brailovsky, libro que fue publicado en 1982 por la Editorial de Belgrano.
Hace treinta y siete años. Se estaba terminando la dictadura y Brailovsky establecía un paralelo entre aquella experiencia libertadora y el programa de Martínez de Hoz & Co., que también terminara en estrepitoso fracaso.
O sea que no es algo que nos pasó y nos volvió a pasar, y ahora nos estamos enterando de todo. Es algo que ya nos había pasado y vuelto a pasar, y sabíamos que nos había pasado y vuelto a pasar, y se habían estudiado y diseccionado hasta el detalle causas y consecuencias, y ahora nos vuelve a pasar.
Treinta y siete años atrás ya estaban delineados los principios de una política fallida y los motivos de su fracaso. Antes de la globalización, antes de la caída del muro de Berlín, antes de Internet. En perspectiva y a la vista de esta evidencia, salen sobrando las advertencias de Joseph Stiglitz, los apocalipsis de Naomi Klein o los estudios de Thomas Pikkety sobre la evolución del capitalismo en el siglo XXI.
Este diagnóstico estaba circulando hace casi cuarenta años entre gente común y entre estudiosos y expertos en economía. Se podría coincidir o no, y seguramente habrá sido objeto de discusión, o lisa y llanamente de la descalificación que la “economía seria” le enrostra a las llamadas “miradas heterodoxas”, dado que tanto la cátedra en Ciencias Económicas como las direcciones de sus colegios de profesionales están detentadas desde hace mucho por representantes de una ortodoxia fanática, llámesela neoliberalismo, monetarismo, librecambismo, Escuela de Chicago o como se desee.
De acuerdo o en desacuerdo, el caso estaba expuesto, y toda la “heterodoxia” de Brailovsky se limitaba, en el peor de los casos, a la enumeración somera de despropósitos teóricos y aplicación empecinada de recetas con resultado funesto garantizado. El texto no se propone otra cosa que ese registro: no pontifica sobre cuál debería ser la solución posible.
Por qué los economistas liberales, que tuvieron durante todo este tiempo estas explicaciones y evidencias a la mano (y que por esta u otras vías constataron el fracaso de cada una de las medidas adoptadas) insistieron durante años en repetir la receta, con el consecuente nuevo fracaso, sólo puede tener una explicación. Y es que la crisis permanente no demanda las medidas equívocas que reiteradamente se prescriben pero, apoyándose en argumentos falaces, sirve para justificarlas. Medidas que a su vez profundizan la crisis.
Es como si las pretendidas soluciones de un problema existieran independientemente del problema, o incluso en ausencia del problema.
Por tanto, si no hay crisis se la crea de la nada, y se aplica la receta que convierte al enfermo agudo en crónico. Respecto a este mismo episodio descrito por Brailovsky, ya había dicho Jauretche: “el señor Prebisch inventa la crisis para justificar las medidas que después propondrá”.
La referencia no es azarosa, porque el que aquí no inventa nada es Brailovsky: el análisis de las políticas orientadas a una transferencia de ingresos hacia la oligarquía aliada al capital extranjero, y la consecuente postración del país y de sus clases menos favorecidas, ya estaba contenido en El Plan Prebisch: retorno al coloniaje, que Jauretche publicó en 1955.
O sea que vamos empeorando: no hace treinta y siete años que deberíamos estar enterados de que esto no funciona. Hace sesenta y cuatro, ya estaban inventariados sus causas oscuras y sus efectos desastrosos.

El hombre que sabía demasiado

Ahora veamos lo que dice Aldo Ferrer sobre las medidas del año 1962 implementadas por Federico Pinedo (el padre del presidente fugaz homónimo), otro conspicuo partidario de la ortodoxia liberal:
“Incluyeron una nueva devaluación del peso, la disminución de las retenciones a las exportaciones tradicionales, una fuerte restricción de la oferta monetaria y la reducción del gasto público. La recaudación tributaria cayó como consecuencia de la recesión y, en consecuencia, el déficit fiscal, en vez de disminuir, como se pretendía, aumentó bruscamente”.
Ninguna diferencia con el momento actual.
Tomen nota de que Ferrer realizó el análisis precedente en 1969. Hace cincuenta años.
Ahora, si a iguales métodos cabe esperar iguales resultados, y los mismos son siempre nocivos para el país, ¿por qué insistir con lo ya probado y fracasado? ¿Y por qué buena parte de la sociedad sufre de amnesia recurrente y olvida todo lo padecido generación tras generación? El mismo Ferrer lo explica: “Uno de los principales mecanismos de dominación radica en la construcción de teorías y visiones que son presentadas como criterios de validez universal pero que, en realidad, son funcionales a los intereses de los países centrales”.
Jauretche ya lo había dicho en términos más crudos todavía:
“Estamos en un mundo económicamente organizado por medidas políticas y el que no organiza su economía políticamente es una víctima. El cuento de la división internacional del trabajo, con el de la libertad de comercio, que es su ejecución, es pues una de las tantas formulaciones doctrinarias, destinadas a impedir que organicemos sobre los hechos nuestra propia doctrina económica”.
Y si Jauretche era crudo, Scalabrini Ortiz resultaba descarnado al describir cómo se implementaba la desnacionalización de la economía:
“En la maniobra de absorción de la riqueza de una nación por otra, que caracteriza la operación internacional históricamente denominada «imperialismo económico», la víctima ineludible e inevitable es el pueblo de la nación explotada. El explotador puede mantener –y siempre mantiene– un grupo de personas o una parcialidad y hasta una clase social, en un nivel de vida que hasta puede llegar a ser superior a la que le hubiera correspondido en una nación independiente. Es una comisión a los administradores que gozó siempre nuestra oligarquía, conscientes en su función de capataces de la colonia. La verdadera ganancia del explotador es el resultado de la suma de los millones de pequeños sacrificios sonsacados a la inmensa mayoría del pueblo.”
Se publicó en la revista Qué sucedió en siete días en 1956. Hace ya sesenta y tres años.
Y lo había expresado aún con mayor llaneza Marx cien años antes: “el desarrollo independiente del capital comercial se halla en relación inversa al desarrollo económico general de la sociedad”.
Hay quienes dicen que El Capital es un texto difícil, pero en todo caso este pasaje es de suma sencillez. Casi de sentido común.
Pero volvamos a la última cita de Aldo Ferrer, dos párrafos más arriba. Está tomada de Vivir con lo nuestro, ensayo que condensa lo más medular de su pensamiento; que editó en 1983, apenas después del libro de Brailovsky; y que revisó periódicamente hasta su versión final de 2009. Por si no fuera suficientemente explícito el nombre de la obra, Ferrer precisa que “los países se construyen desde adentro hacia afuera” y advierte que “el peligro no descansa en la prédica ortodoxa, dramáticamente desautorizada por la realidad actualmente observable; radica en la incoherencia para alcanzar aquella conclusión inevitable: si se quiere ser independiente, resulta necesario apoyarse en los recursos propios”.
Para tratarse de argumentos de política económica, resultan extremadamente claros, sencillos y transparentes: lo primero es defender lo nuestro, empezando por nuestra población, siguiendo por nuestros recursos y concluyendo por la riqueza que puede producir la amalgama de ambos. “El desarrollo económico sigue siendo […] la acumulación de capital, conocimientos, tecnología, capacidad de gestión y organización de recursos, educación y capacidades de la fuerza de trabajo, y de estabilidad y permeabilidad de las instituciones”.

La ventana indiscreta

Se hace necesario volver al Scalabrini que devela la lógica liberal: “Para aumentar nuestra exportación es indispensable que nuestro consumo disminuya. Para que disminuya, es indispensable hacer bajar el nivel de vida de las grandes masas proletarias. Para hacer bajar el nivel de vida de las masas proletarias hay que eliminar el factor que lo hizo elevar, es decir, la industria”.
Así, la industria es considerada, por los cráneos de la economía “oficial”, como un estorbo que traba el desarrollo del país; entendiendo, por supuesto –por esa exitosa identificación como clase con la Nación–, al desarrollo del país como el desarrollo de sus propios intereses.
En público, se declara la fe en la industria. Pero si esto es así, no se entiende entonces por qué la industria termina siendo siempre el pato de la boda de estos planes económicos.
La denuncia de esa situación parece un fenómeno relativamente reciente. Tenemos hoy, desde esa posición, una crítica consistente, con incontables tesis y estudios que la fundamentan. Mirando hacia atrás, vimos lo de Ferrer, lo de Jauretche, lo de Scalabrini. Pero si retrocedemos más aún, se abre una ventana que nos permite apreciar el problema en perspectiva histórica. He aquí una primera muestra:
“Lo que ocurre entre nosotros con las industrias nacionales es algo paradojal. En momentos en que los pueblos llegan hasta desencadenar guerras enormes para dominar los mercados mundiales y colocar el excedente de los productos de su industria, nosotros estamos sofocando y combatiendo la vida propia que surge en el país espontáneamente. En Europa y Norteamérica se rodea a la industria de cuidados; aquí se la hostiga. […] El grado de civilización, de capacidad económica, de eficacia activa de los países se mide por su aptitud para transformar los productos de la tierra. Los que sólo exportan materias primas son, en realidad, pueblos coloniales. Los que exportan objetos manufacturados son países preeminentes.”

Esto lo publicaba Manuel Ugarte en el diario La Patria, en 1915. Hace ciento cuatro años. 

Los 39 escalones

Pero apenas estamos empezando. Toda una serie de escalones descendentes a la profundidad de nuestra historia, de los que sólo vamos a ver una muestra, se despliega como un caleidoscopio:
“Esto de atacar el proteccionismo y afectar principios de libre cambio, es una manía de todos los dilettanti […]. No hay ni puede haber gran Nación, si no es Nación industrial […]. La República Argentina, debe aspirar a ser algo más que la inmensa granja de la Europa […]. Hay gente que cree que industria que no exporta no es industria que merezca mencionarse, ignorando que el consumo interno puede ser más importante que el consumo externo, y que en muchas Naciones, los Estados Unidos en primer término, el comercio interior es mucho más importante que el exterior […]. La protección a todas las industrias […] que no requieren gran capital y dan empleo a tantos brazos que no pueden emplearse exclusivamente de ganadería a agricultura, es algo más que una conveniencia, es una necesidad, es condición indispensable de prosperidad y de progreso nacional.”
Esto se lo dijo por carta (convenientemente publicada en la prensa, según usos de la época) Carlos Pellegrini al Dr. Ángel Floro Costa, uno de esos dilettanti partidarios del librecambio, en 1902. Sacando cuentas, hace ciento diecisiete años. Sigamos:
“Es preciso tener materia prima no para mandarla a Europa y sacar dinero por ella, porque ese dinero se va irremediablemente en los consumos. Es preciso tener materia prima para elaborarla […] por el inmenso valor que tiene la materia manufacturada […] contra la debilidad de la materia prima.”
Quien habla esta vez es Vicente Fidel López en la Cámara de Diputados de la Nación, en 1876. Hace ciento cuarenta y tres años. Hay más:
“La época actual exige que los gobiernos presidan el movimiento industrial de los pueblos, por intermedio del crédito público. El gobierno debe ejercer su parte en la industria […] las vías públicas, los ferrocarriles, las comunicaciones marítimas, los bancos y otras empresas deben estar al amparo de los soberanos y deben su realización al crédito público, mas no es esto bastante, se necesita aún que esas operaciones sean exclusivamente de los gobiernos”.
Esta vez es Mariano Fragueiro, primer ministro de Hacienda de la Confederación Argentina durante la presidencia de Urquiza, en su libro Cuestiones argentinas de 1852. Hace ciento sesenta y siete años.
Nótese que Fragueiro está proponiendo la nacionalización de la banca y de los transportes, y su operación por el Estado. Fragueiro no era del Partido Obrero. Era un antirrosista que podía departir amablemente con Mitre, Del Carril o el general Paz. Pero retrocedamos un poco más:
“Los pueblos cuya riqueza y poder admiramos hoy, no se han elevado a este estado adoptando en su origen un comercio libre y sin trabas; y ni aún ahora […] menosprecian el más pequeño medio de aumentar los modos de ganar sobre el extranjero […]. Los ganados se duplican cada tres años, se reponen; bien, pero entre tanto que se multiplican hasta proporcionar trabajo a todos los que no lo tienen pasarán siglos; también los hombres se aumentan, y llévese esta progresión hasta donde se quiera, nunca podrá ser la ocupación exclusiva de la República la ganadería”.
Ahora es la voz de Pedro Ferré, cuatro veces gobernador de Corrientes, en carta-respuesta al memorando presentado por José María Roxas y Patrón en 1830. Si seguimos llevando bien las cuentas, hace de esto ciento ochenta y nueve años. Continuemos:
“El extranjero no viene a nuestro país a trabajar en nuestro bien, sino a sacar cuantas ventajas pueda proporcionarse […] miremos sus consejos con la mayor reserva y no incurramos en el error de aquellos pueblos inocentes que se dejaron envolver en cadenas en medio del embelesamiento que les había producido los chiches y abalorios”.
De la pluma de Mariano Moreno, en la Gazeta de Buenos Aires, en 1810. Hace ya de esto doscientos nueve años. Y finalmente:
 “Todas las naciones cultas se esmeran en que sus materias primas no salgan de sus Estados a manufacturarse; y todo su empeño es conseguir, no sólo darles una nueva forma, sino aún atraer las del extranjero para ejecutar lo mismo y después vendérselas”.
El autor esta vez es Manuel Belgrano, en su Memoria al Consulado de 1802. Hace doscientos diecisiete años.
Hace doscientos diecisiete años que lo sabemos, o que deberíamos saberlo; o que, dado que no nacemos sabiendo, debería enseñárselo en las escuelas. Como país, no tenemos excusas.
En todos los testimonios precedentes se distingue la misma preocupación por una economía ligada a una política de desarrollo autónomo y nacional. Los motivos para su defensa, hoy como ayer, son los mismos: generar riqueza y que la misma permanezca en el país, para beneficio del conjunto de la población, que podrá gozar de una abundancia multiplicada por esa matriz productiva.
Del otro lado, también hoy como ayer, una economía desligada de un proyecto nacional y centrada en el beneficio individual. Como muestra, un párrafo del Memorando de 1830 por José María Roxas y Patrón, aludido en la cita de Ferré: “Una política como la que propiciaba Corrientes [proteccionista] produciría un aumento general de precios de los artículos de primera necesidad […]. El proteccionismo minaría la prosperidad de la industria pastoril, no sólo porque provocaría un alza en el costo de vida, sino también porque perjudicaría el comercio de exportación del país”.
Los mismos argumentos siempre para justificar la liberación de las importaciones en beneficio del sector agroexportador. En el comercio internacional se transan bienes por bienes, por lo que, si se obstruía la entrada de productos manufacturados, se entorpecía la salida de los agrarios. Sólo que entonces no necesitaban someterse a la hipocresía de las declaraciones públicas y podían permitirse hablar sin pelos en la lengua.


La sombra de una duda

Pero regresemos a la vieja, remanida y fallida fórmula liberal aplicada una y cien veces en el país.
Lo paradojal, como ya se dijo, es pretender resultados diferentes aplicando la misma receta. ¿Por qué suponer que el nuevo intento va a ser exitoso, cuando fracasaron todos los anteriores? ¿Por qué un sector importante de la población resulta receptivo a este mensaje absurdo? La explicación tiene varias vertientes.
Para empezar, existe un bombardeo ideológico permanente sobre la ciudadanía. Los grandes medios, que machacan con voz de autoridad y tozuda insistencia, abrevan en cantidad de centros de estudios, fundaciones, grupos de debate especializados, think tanks y todo tipo de usinas del pensamiento único a los que la gran banca y los grupos de poder financian y dan soporte y exposición. Por encima de eso, todo lo que sea investigación y desarrollo corporativos descansa sobre los mismos supuestos incuestionables. Y sobre los modelos de investigación y desarrollo, las lógicas empresaria y comercial, las prácticas educativas y publicitarias y, finalmente, incluso la dinámica familiar, se orientan en ese mismo sentido común construido.
No es ocioso reiterar aquí lo de Ferrer: “Uno de los principales mecanismos de dominación radica en la construcción de teorías y visiones que son presentadas como criterios de validez universal pero que, en realidad, son funcionales a los intereses de los países centrales”. Y no es por tanto extraño que tal formateo degenere, más que en convicciones, en un conjunto de creencias que ha modelado la conciencia de buena parte del electorado como si fuera arcilla.
Lo ha hecho de tal modo que para esos sectores resulta plausible y aceptable repetir una y otra vez la experiencia, a costa de sufrirla en sus propias economía y fisiología, bajo la pretensión de que las ideas estaban bien, y el problema fue que las cosas se hicieron mal.
Porque ese es el argumento de siempre. Los Milei y los Espert que hoy vociferan y apostrofan la incompetencia del actual equipo económico no distan del Dujovne que ayer resolvía en dos patadas y con tono doctoral las contramarchas de Prat Gay, del Prat Gay que con suficiencia y chapa de experto despreciaba todo lo hecho hasta antes de su arribo, del Cavallo que tuvo que arremangarse para arreglar lo de López Murphy y nos dejó el corralito, del López Murphy que durante años la tenía más larga que cualquiera y cuando tuvo su momento la cagó en quince minutos, y así todos retrocediendo en el tiempo; todos con el mismo cuento del ajuste, la austeridad, el lápiz rojo, el sacrifiquémonos hoy por un futuro brillante aunque indefinidamente lejano… Todos con el mismo libreto, calcado y caduco, pero con la excusa de nunca haberse llevado adelante en forma adecuada.
Tato Bores en un monólogo de hace 18 años...
Eso sí: el nivel de ajuste propuesto cada vez por los sucesivos mesías económicos es inexorablemente mayor.

Psicosis

Porque también el desastre que generan es incrementalmente mayor. Y eso a causa de que el programa prescribe que primero hay que ordenar los grandes negocios, el marco macro, y darle de comer a la gente después. Pero como los programas nunca se completan, porque se malogran por el camino, el sacrificio es eterno, las uvas siempre están verdes. Y no se malogran por impericia o incompetencia. Se malogran porque no cierran en el más elemental de los razonamientos: uno no puede plantearse el achicamiento y pretender mantener vivo un entorno capitalista. Simplemente el sistema, así, no funciona.
Frente a ello, los proyectos heterodoxos invierten la ecuación. Preocuparse por la comida de la gente, y en el camino se va viendo cómo se crece, aunque sea poco, aunque exista el riesgo de quedar expuestos a condicionalidades, incomodidades, provocaciones y aprietes de círculos rojos, fondos buitres, centros financieros y potencias extranjeras.
Para el común de la gente, la visión liberal termina teniendo el atractivo del idealismo: pospongamos el hoy por el futuro. Es un espejismo altruista de una filantropía falsa; confusamente se asocia a un patriotismo psicótico, a un compromiso alucinatorio con los destinos del país. Una aspiración que nunca se realiza, porque siempre se frustra en el trayecto de su realización. Las clases medias y medias bajas, principales víctimas de esta ideologización, devienen en el Sísifo de la historia, arrastrando eternamente cuesta arriba la piedra, que inexorablemente se derrumba hasta el fondo. Así todo se limita a volver a comenzar, una y otra vez, pasando de eufórico acólito mesiánico a desengañada víctima propiciatoria. Esquizofrenia de manual.
Nos estamos refiriendo a las clases medias y medias bajas, que son las que quedan a la intemperie en la tormenta, porque para las clases altas, que son las que tienen la franquicia del modelo, la licencia incluye los correspondientes paraguas.
La heterodoxia, o economía populista, o socioeconomía, o postkeynesianismo o comoquiera llamársele a la versión eventual de las alternativas al liberalismo, plantea un horizonte más materialista en comparación, en el que no se persigue una meta modélica como un horizonte lejano, sino un prototipo que se va construyendo sobre la marcha, con una directriz estratégica pero echando mano de las herramientas técnicas que hicieren falta, a despecho de que sean motejadas de izquierda o derecha por los dogmáticos de una, de otra o de terceras vertientes.

Los pájaros

               Buitres siempre hubo y habrá, o pajarracos de cualquier especie, aferrados a sus cálculos de ganancias mediatas e inmediatas, pero vendiendo para millones el idealismo de cotillón de un futuro venturoso en cuyo altar hay que darlo todo hoy sin pedir nada. Sufrir en este valle de lágrimas para ganar la vida eterna; y en vez de comer, ayunar y rezarle al mercado. Como hacer un plazo fijo, pero con la propia vida. Sólo que antes de conquistar el cielo prometido estarán los bonos de Alsogaray, o la tablita de Martínez de Hoz, o el Plan Bonex, o el corralito, o simplemente Macri. Siempre algo va a pasar y será el momento de Tu Sam abriendo los brazos y susurrando “Puede fallar”.
               En el otro rincón, una visión menos mística y más materialista sostiene que las máquinas necesitan combustible para moverse, y que para los seres humanos el combustible es comida, salvo para los uruguayos, que son los únicos del género que parecen capaces de funcionar a puro mate. Y si la gente común está bien alimentada, y segura de que va a poder seguir estándolo, hay menos espacio para la codicia, la avidez y el egoísmo del que sufre privaciones crónicas, y mayor inclinación a compartir el bienestar.
Para lo primero, hace falta quitarle a los de abajo y mandarlo para arriba, y que todos se afanen por ganarse el paraíso, trepando a como dé lugar. Para lo segundo, es necesario tomar de los de arriba y mandarlo para abajo, de modo que la torta alcance para todos.
Afirmarse en la convicción de que es preferible asegurarse el sustento diario antes que un imaginario porvenir de grandeza; de que es necesario preservar la libertad creativa de ir corrigiendo  el curso mediante diversas soluciones que apunten al crecimiento antes que someterse a la inflexibilidad del camino único e inalterable aún cuando todos los indicadores de la realidad pongan en evidencia lo contrario; de que se es más fuerte si se depende de recursos propios y si lo que se genera en conjunto sirve al conjunto; de que resulta largamente más lucrativo mantener el poder de decisión para definir el rumbo que encadenarse a tutelas extranacionales, promisorias de grandes beneficios a futuro mientras tiran del collar de ahorque.
Esas son las reflexiones primeras que corresponde hacerse a la hora de elegir el país que uno quiere. Después, en términos de sufragio, puede haber distintos intérpretes de la misma melodía. Pero hay que distinguirlos con claridad del canto de sirenas entonado por los coros financieros que siempre nos llevaron hacia las rocas y el naufragio.
La política no es tan difícil, y no hay tantas variantes. En las intrigas de Hitchcock sí, pero eso sólo está bien para el cine.


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