Ayuda-memoria para las próximas elecciones
Esta podría ser una película de
Hitchcock, de ésas en que el final era todo lo contrario de lo esperado:
“Con respecto a los
principios generales de la política económica, puede afirmarse que se atacaron
con mayor intensidad los efectos que las causas de los problemas generales del
país. Se consideró como objetivos prioritarios la contención de la inflación,
la disminución del déficit fiscal y el equilibrio del balance de pagos.
“No se tuvo en cuenta la
alta vulnerabilidad externa de la economía argentina ni los efectos de los
bajos salarios sobre la compresión del mercado interno. Ante la magnitud del
endeudamiento externo, se buscaron formas que permitieran pagar –o refinanciar–
deudas cada vez más elevadas, en lugar de intentar sustituir el financiamiento
externo por el interno.
“Los supuestos explícitos
sobre los que se apoyaron buena parte de las políticas económicos fueron los
siguientes:
“a) La inflación es
consecuencia del exceso de demanda. Por tanto, un objetivo prioritario […] fue la
reducción de la demanda interna, provocándose un continuo deterioro del salario
real.
“b) Los aumentos de salarios se
transfieren inevitablemente a los precios o comprimen las ganancias […].
“En ninguna de las dos
hipótesis se atacaba el punto central, y es que un alto nivel de ganancias
empresarias no garantiza su inversión en el país, si no se produce una continua
ampliación de la demanda interna.
“El resultado de estas
políticas fue la acumulación de grandes masas de capital generado en la
Argentina e invertido en el exterior. […]
“c) Se
argumentó que la mejor manera de capitalizar el país era permitiendo que las
empresas extranjeras giraran libremente sus ganancias al exterior. Como es obvio para
cualquiera que no sea un economista, los resultados obtenidos fueron
exactamente opuestos.
“d) Se pensaba
también que para lograr el equilibrio externo era necesario efectuar transferencias
masivas de ingresos a la producción agraria exportable. Sin embargo, la mera
transferencia de recursos al sector agropecuario no produjo los efectos
publicitados. […]
“Este conjunto de políticas
de estabilización desencadenó procesos recesivos con aumento del desempleo y
caída de los salarios reales. Además, las devaluaciones masivas que trasladaron
ingresos a los exportadores fortalecieron las presiones al alza de precios; del
mismo modo actuó la mayor incidencia de los costos fijos al operar las
industrias con un bajo nivel de ocupación.”
Todo esto es lo que pasó en los años macristas. Parecería.
Sólo que no pasó ahora. O sí, pasó ahora, pero ya había pasado
antes. Para que se entienda: lo de las líneas precedentes no es un compendio de
los errores de Cambiemos desde 2015. Es la descripción de la política económica
implementada en los años inmediatamente posteriores a 1955.
Punto a punto, de ayer a hoy, las consignas se corresponden con
literalidad. Ahí están contenidas las reformas laboral y previsional, las
devaluaciones, la quita de retenciones, el blanqueo, la desregulación
cambiaria, la libre remesa de ganancias al exterior, la fuga de capitales a
paraísos fiscales, los tarifazos, la desocupación, el congelamiento de
paritarias, la compulsión de los salarios a la baja.
En 1959, Alsogaray hablaba de “pasar el invierno”. En 2018, Marcos
Peña de meses “más fríos, tormentosos y recesivos”. Eternamente, el invierno.
Y todo, exactamente igual. Como una pesadilla recurrente.
Vértigo
Quizá no sería lo mismo si se tratara de un estudio reciente sobre
las políticas de la época del Plan Prebisch. Pero lo que produce algo parecido
al vértigo es saber que la cita está extraída de 1880-1982. Historia de las crisis argentinas. Un sacrificio inútil,
de Antonio Elio Brailovsky, libro que fue publicado en 1982 por la Editorial de
Belgrano.
Hace treinta y siete años. Se estaba terminando la dictadura y Brailovsky
establecía un paralelo entre aquella experiencia libertadora y el programa de
Martínez de Hoz & Co., que también terminara en estrepitoso fracaso.
O sea que no es algo que nos pasó y nos volvió a pasar, y ahora nos
estamos enterando de todo. Es algo que ya nos había pasado y vuelto a pasar, y
sabíamos que nos había pasado y vuelto a pasar, y se habían estudiado y
diseccionado hasta el detalle causas y consecuencias, y ahora nos vuelve a
pasar.
Treinta y siete años atrás ya estaban delineados los principios de
una política fallida y los motivos de su fracaso. Antes de la globalización,
antes de la caída del muro de Berlín, antes de Internet. En perspectiva y a la
vista de esta evidencia, salen sobrando las advertencias de Joseph Stiglitz,
los apocalipsis de Naomi Klein o los estudios de Thomas Pikkety sobre
la evolución del capitalismo en el siglo XXI.
Este diagnóstico estaba circulando hace casi cuarenta años entre gente
común y entre estudiosos y expertos en economía. Se podría coincidir o no, y seguramente
habrá sido objeto de discusión, o lisa y llanamente de la descalificación que la
“economía seria” le enrostra a las llamadas “miradas heterodoxas”, dado que
tanto la cátedra en Ciencias Económicas como las direcciones de sus colegios de
profesionales están detentadas desde hace mucho por representantes de una ortodoxia
fanática, llámesela neoliberalismo, monetarismo, librecambismo, Escuela de
Chicago o como se desee.
De acuerdo o en desacuerdo, el caso estaba expuesto, y toda la “heterodoxia”
de Brailovsky se limitaba, en el peor de los casos, a la enumeración somera de despropósitos
teóricos y aplicación empecinada de recetas con resultado funesto garantizado.
El texto no se propone otra cosa que ese registro: no pontifica sobre cuál
debería ser la solución posible.
Por qué los economistas liberales, que tuvieron durante todo este
tiempo estas explicaciones y evidencias a la mano (y que por esta u otras vías
constataron el fracaso de cada una de las medidas adoptadas) insistieron durante
años en repetir la receta, con el consecuente nuevo fracaso, sólo puede tener
una explicación. Y es que la crisis permanente no demanda las medidas equívocas
que reiteradamente se prescriben pero, apoyándose en argumentos falaces, sirve
para justificarlas. Medidas que a su vez profundizan la crisis.
Es como si las pretendidas soluciones de un problema existieran
independientemente del problema, o incluso en ausencia del problema.
Por tanto, si no hay crisis se la crea de la nada, y se aplica la receta
que convierte al enfermo agudo en crónico. Respecto a este mismo episodio
descrito por Brailovsky, ya había dicho Jauretche: “el señor Prebisch inventa la crisis para justificar las medidas que
después propondrá”.
La referencia no es azarosa, porque el que aquí no inventa nada es
Brailovsky: el análisis de las políticas orientadas a una transferencia de ingresos
hacia la oligarquía aliada al capital extranjero, y la consecuente postración
del país y de sus clases menos favorecidas, ya estaba contenido en El Plan Prebisch: retorno al coloniaje,
que Jauretche publicó en 1955.
O sea que vamos empeorando: no hace treinta y siete años que
deberíamos estar enterados de que esto no funciona. Hace sesenta y cuatro, ya
estaban inventariados sus causas oscuras y sus efectos desastrosos.
El hombre que sabía demasiado
Ahora veamos lo que dice Aldo Ferrer sobre las medidas del año 1962 implementadas
por Federico Pinedo (el padre del presidente fugaz homónimo), otro conspicuo
partidario de la ortodoxia liberal:
“Incluyeron una nueva
devaluación del peso, la disminución de las retenciones a las exportaciones
tradicionales, una fuerte restricción de la oferta monetaria y la reducción del
gasto público. La recaudación tributaria cayó como consecuencia de la recesión
y, en consecuencia, el déficit fiscal, en vez de disminuir, como se pretendía,
aumentó bruscamente”.
Ninguna diferencia con el momento actual.
Tomen nota de que Ferrer realizó el análisis precedente en 1969.
Hace cincuenta años.
Ahora, si a iguales métodos cabe esperar iguales resultados, y los
mismos son siempre nocivos para el país, ¿por qué insistir con lo ya probado y
fracasado? ¿Y por qué buena parte de la sociedad sufre de amnesia recurrente y
olvida todo lo padecido generación tras generación? El mismo Ferrer lo explica:
“Uno de los principales mecanismos de
dominación radica en la construcción de teorías y visiones que son presentadas
como criterios de validez universal pero que, en realidad, son funcionales a
los intereses de los países centrales”.
Jauretche ya lo había dicho en términos más crudos todavía:
“Estamos en un mundo
económicamente organizado por medidas políticas y el que no organiza su
economía políticamente es una víctima. El cuento de la división internacional
del trabajo, con el de la libertad de comercio, que es su ejecución, es pues
una de las tantas formulaciones doctrinarias, destinadas a impedir que
organicemos sobre los hechos nuestra propia doctrina económica”.
Y si Jauretche era crudo, Scalabrini Ortiz resultaba descarnado al describir
cómo se implementaba la desnacionalización de la economía:
“En la maniobra de
absorción de la riqueza de una nación por otra, que caracteriza la operación
internacional históricamente denominada «imperialismo económico», la víctima ineludible e inevitable es el
pueblo de la nación explotada. El explotador puede mantener –y siempre
mantiene– un grupo de personas o una parcialidad y hasta una clase social, en
un nivel de vida que hasta puede llegar a ser superior a la que le hubiera
correspondido en una nación independiente. Es una comisión a los
administradores que gozó siempre nuestra oligarquía, conscientes en su función
de capataces de la colonia. La verdadera ganancia del explotador es el
resultado de la suma de los millones de pequeños sacrificios sonsacados a la
inmensa mayoría del pueblo.”
Se publicó en la revista Qué sucedió
en siete días en 1956. Hace ya sesenta y tres años.
Y
lo había expresado aún con mayor llaneza Marx cien años antes: “el desarrollo independiente del capital comercial
se halla en relación inversa al desarrollo económico general de la sociedad”.
Hay
quienes dicen que El Capital es un
texto difícil, pero en todo caso este pasaje es de suma sencillez. Casi de
sentido común.
Pero volvamos a la última cita de Aldo Ferrer, dos párrafos más
arriba. Está tomada de Vivir con lo
nuestro, ensayo que condensa lo más medular de su pensamiento; que editó
en 1983, apenas después del libro de Brailovsky; y que revisó periódicamente
hasta su versión final de 2009. Por si no fuera suficientemente explícito el
nombre de la obra, Ferrer precisa que “los
países se construyen desde adentro hacia afuera” y advierte que “el peligro no descansa en la prédica
ortodoxa, dramáticamente desautorizada por la realidad actualmente observable;
radica en la incoherencia para alcanzar aquella conclusión inevitable: si se
quiere ser independiente, resulta necesario apoyarse en los recursos propios”.
Para tratarse de argumentos de política económica, resultan
extremadamente claros, sencillos y transparentes: lo primero es defender lo
nuestro, empezando por nuestra población, siguiendo por nuestros recursos y
concluyendo por la riqueza que puede producir la amalgama de ambos. “El desarrollo económico sigue siendo […] la
acumulación de capital, conocimientos, tecnología, capacidad de gestión y
organización de recursos, educación y capacidades de la fuerza de trabajo, y de
estabilidad y permeabilidad de las instituciones”.
La ventana indiscreta
Se hace necesario volver al Scalabrini que devela la lógica liberal:
“Para aumentar nuestra exportación es
indispensable que nuestro consumo disminuya. Para que disminuya, es
indispensable hacer bajar el nivel de vida de las grandes masas proletarias.
Para hacer bajar el nivel de vida de las masas proletarias hay que eliminar el
factor que lo hizo elevar, es decir, la industria”.
Así, la industria es considerada, por los cráneos de la economía “oficial”,
como un estorbo que traba el desarrollo del país; entendiendo, por supuesto –por
esa exitosa identificación como clase con la Nación–, al desarrollo del país
como el desarrollo de sus propios intereses.
En público, se declara la fe en la industria. Pero si esto es así,
no se entiende entonces por qué la industria termina siendo siempre el pato de
la boda de estos planes económicos.
La denuncia de esa situación parece un fenómeno relativamente
reciente. Tenemos hoy, desde esa posición, una crítica consistente, con
incontables tesis y estudios que la fundamentan. Mirando hacia atrás, vimos lo
de Ferrer, lo de Jauretche, lo de Scalabrini. Pero si retrocedemos más aún, se abre
una ventana que nos permite apreciar el problema en perspectiva histórica. He
aquí una primera muestra:
“Lo que ocurre entre
nosotros con las industrias nacionales es algo paradojal. En momentos en que
los pueblos llegan hasta desencadenar guerras enormes para dominar los mercados
mundiales y colocar el excedente de los productos de su industria, nosotros
estamos sofocando y combatiendo la vida propia que surge en el país
espontáneamente. En Europa y Norteamérica se rodea a la industria de cuidados;
aquí se la hostiga. […] El grado de civilización, de capacidad económica, de
eficacia activa de los países se mide por su aptitud para transformar los
productos de la tierra. Los que sólo exportan materias primas son, en realidad,
pueblos coloniales. Los que exportan objetos manufacturados son países preeminentes.”
Esto lo publicaba Manuel Ugarte en el diario La Patria, en 1915. Hace ciento cuatro años.
Los 39 escalones
Pero apenas estamos empezando. Toda una serie de escalones
descendentes a la profundidad de nuestra historia, de los que sólo vamos a ver
una muestra, se despliega como un caleidoscopio:
“Esto de atacar el
proteccionismo y afectar principios de libre cambio, es una manía de todos los
dilettanti […]. No hay ni puede haber gran Nación, si no es Nación industrial […]. La
República Argentina, debe aspirar a ser algo más que la inmensa granja de la
Europa […]. Hay gente que cree que industria que no exporta no es industria que
merezca mencionarse, ignorando que el consumo interno puede ser más importante
que el consumo externo, y que en muchas Naciones, los Estados Unidos en primer
término, el comercio interior es mucho más importante que el exterior […]. La protección a todas las
industrias […] que no requieren gran capital y dan empleo a tantos brazos que
no pueden emplearse exclusivamente de ganadería a agricultura, es algo más que
una conveniencia, es una necesidad, es condición indispensable de prosperidad y
de progreso nacional.”
Esto se lo dijo por carta (convenientemente publicada en la prensa,
según usos de la época) Carlos Pellegrini al Dr. Ángel Floro Costa, uno de esos
dilettanti partidarios del
librecambio, en 1902. Sacando cuentas, hace ciento diecisiete años. Sigamos:
“Es preciso tener materia
prima no para mandarla a Europa y sacar dinero por ella, porque ese dinero se
va irremediablemente en los consumos. Es preciso tener materia prima para
elaborarla […] por el inmenso valor que tiene la materia manufacturada […]
contra la debilidad de la materia prima.”
Quien habla esta vez es Vicente Fidel López en la Cámara de
Diputados de la Nación, en 1876. Hace ciento cuarenta y tres años. Hay más:
“La época actual exige que
los gobiernos presidan el movimiento industrial de los pueblos, por intermedio
del crédito público. El gobierno debe ejercer su parte en la industria […] las vías
públicas, los ferrocarriles, las comunicaciones marítimas, los bancos y otras
empresas deben estar al amparo de los soberanos y deben su realización al crédito
público, mas no es esto bastante, se necesita aún que esas operaciones sean
exclusivamente de los gobiernos”.
Esta vez es Mariano Fragueiro, primer ministro de Hacienda de la
Confederación Argentina durante la presidencia de Urquiza, en su libro Cuestiones argentinas de 1852. Hace ciento
sesenta y siete años.
Nótese que Fragueiro está proponiendo la nacionalización de la banca
y de los transportes, y su operación por el Estado. Fragueiro no era del Partido
Obrero. Era un antirrosista que podía departir amablemente con Mitre, Del
Carril o el general Paz. Pero retrocedamos un poco más:
“Los pueblos cuya riqueza y
poder admiramos hoy, no se han elevado a este estado adoptando en su origen un
comercio libre y sin trabas; y ni aún ahora […] menosprecian el más pequeño
medio de aumentar los modos de ganar sobre el extranjero […]. Los ganados se
duplican cada tres años, se reponen; bien, pero entre tanto que se multiplican
hasta proporcionar trabajo a todos los que no lo tienen pasarán siglos; también
los hombres se aumentan, y llévese esta progresión hasta donde se quiera, nunca
podrá ser la ocupación exclusiva de la República la ganadería”.
Ahora es la voz de Pedro Ferré, cuatro veces gobernador de
Corrientes, en carta-respuesta al memorando presentado por José María Roxas y
Patrón en 1830. Si seguimos llevando bien las cuentas, hace de esto ciento
ochenta y nueve años. Continuemos:
“El extranjero no viene a
nuestro país a trabajar en nuestro bien, sino a sacar cuantas ventajas pueda
proporcionarse […] miremos sus consejos con la mayor reserva y no incurramos en
el error de aquellos pueblos inocentes que se dejaron envolver en cadenas en
medio del embelesamiento que les había producido los chiches y abalorios”.
De la pluma de Mariano Moreno, en la Gazeta de Buenos Aires, en 1810. Hace ya de esto doscientos nueve
años. Y finalmente:
“Todas las naciones cultas se esmeran en que
sus materias primas no salgan de sus Estados a manufacturarse; y todo su empeño
es conseguir, no sólo darles una nueva forma, sino aún atraer las del
extranjero para ejecutar lo mismo y después vendérselas”.
El autor esta vez es Manuel Belgrano, en su Memoria al Consulado de 1802. Hace doscientos diecisiete años.
Hace doscientos diecisiete años que lo sabemos, o que deberíamos
saberlo; o que, dado que no nacemos sabiendo, debería enseñárselo en las
escuelas. Como país, no tenemos excusas.
En todos los testimonios precedentes se distingue la misma
preocupación por una economía ligada a una política de desarrollo autónomo y
nacional. Los motivos para su defensa, hoy como ayer, son los mismos: generar
riqueza y que la misma permanezca en el país, para beneficio del conjunto de la
población, que podrá gozar de una abundancia multiplicada por esa matriz
productiva.
Del otro lado, también hoy como ayer, una economía desligada de un
proyecto nacional y centrada en el beneficio individual. Como muestra, un
párrafo del Memorando de 1830 por José María Roxas y Patrón, aludido en la cita
de Ferré: “Una política como la que
propiciaba Corrientes [proteccionista] produciría un aumento general de precios
de los artículos de primera necesidad […]. El proteccionismo minaría la
prosperidad de la industria pastoril, no sólo porque provocaría un alza en el
costo de vida, sino también porque perjudicaría el comercio de exportación del
país”.
Los mismos argumentos siempre para justificar la liberación de las
importaciones en beneficio del sector agroexportador. En el comercio
internacional se transan bienes por bienes, por lo que, si se obstruía la entrada
de productos manufacturados, se entorpecía la salida de los agrarios. Sólo que entonces
no necesitaban someterse a la hipocresía de las declaraciones públicas y podían
permitirse hablar sin pelos en la lengua.
La sombra de una duda
Pero regresemos a la vieja, remanida y fallida fórmula liberal
aplicada una y cien veces en el país.
Lo paradojal, como ya se dijo, es pretender resultados diferentes
aplicando la misma receta. ¿Por qué suponer que el nuevo intento va a ser
exitoso, cuando fracasaron todos los anteriores? ¿Por qué un sector importante
de la población resulta receptivo a este mensaje absurdo? La explicación tiene
varias vertientes.
Para empezar, existe un bombardeo ideológico permanente sobre la
ciudadanía. Los grandes medios, que machacan con voz de autoridad y tozuda
insistencia, abrevan en cantidad de centros de estudios, fundaciones, grupos de
debate especializados, think tanks y todo tipo de usinas
del pensamiento único a los que la gran banca y los grupos de poder
financian y dan soporte y exposición. Por encima de eso, todo lo que sea
investigación y desarrollo corporativos descansa sobre los mismos supuestos
incuestionables. Y sobre los modelos de investigación y desarrollo, las lógicas
empresaria y comercial, las prácticas educativas y publicitarias y, finalmente,
incluso la dinámica familiar, se orientan en ese mismo sentido común construido.
No es ocioso reiterar aquí lo de Ferrer: “Uno de los principales mecanismos de dominación radica en la
construcción de teorías y visiones que son presentadas como criterios de
validez universal pero que, en realidad, son funcionales a los intereses de los
países centrales”. Y no es por tanto extraño que tal formateo degenere, más
que en convicciones, en un conjunto de creencias que ha modelado la conciencia
de buena parte del electorado como si fuera arcilla.
Lo ha hecho de tal modo que para esos sectores resulta plausible y
aceptable repetir una y otra vez la experiencia, a costa de sufrirla en sus
propias economía y fisiología, bajo la pretensión de que las ideas estaban
bien, y el problema fue que las cosas se hicieron mal.
Porque ese es el argumento de siempre. Los Milei y los Espert que
hoy vociferan y apostrofan la incompetencia del actual equipo económico no
distan del Dujovne que ayer resolvía en dos patadas y con tono doctoral las contramarchas
de Prat Gay, del Prat Gay que con suficiencia y chapa de experto despreciaba
todo lo hecho hasta antes de su arribo, del Cavallo que tuvo que arremangarse para
arreglar lo de López Murphy y nos dejó el corralito, del López Murphy que durante años la tenía más
larga que cualquiera y cuando tuvo su momento la cagó en quince minutos, y así
todos retrocediendo en el tiempo; todos con el mismo cuento del ajuste, la
austeridad, el lápiz rojo, el sacrifiquémonos hoy por un futuro brillante
aunque indefinidamente lejano… Todos con el mismo libreto, calcado y caduco,
pero con la excusa de nunca haberse llevado adelante en forma adecuada.
Tato Bores en un monólogo de hace 18 años...
Eso sí: el nivel de ajuste propuesto cada vez por los sucesivos
mesías económicos es inexorablemente mayor.
Psicosis
Porque también el desastre que generan es incrementalmente mayor. Y
eso a causa de que el programa prescribe que primero hay que ordenar los
grandes negocios, el marco macro, y
darle de comer a la gente después. Pero como los programas nunca se completan,
porque se malogran por el camino, el sacrificio es eterno, las uvas siempre
están verdes. Y no se malogran por impericia o incompetencia. Se malogran
porque no cierran en el más elemental de los razonamientos: uno no puede
plantearse el achicamiento y pretender mantener vivo un entorno capitalista.
Simplemente el sistema, así, no funciona.
Frente a ello, los proyectos heterodoxos invierten la ecuación.
Preocuparse por la comida de la gente, y en el camino se va viendo cómo se
crece, aunque sea poco, aunque exista el riesgo de quedar expuestos a
condicionalidades, incomodidades, provocaciones y aprietes de círculos rojos, fondos buitres, centros financieros y potencias extranjeras.
Para el común de la gente, la visión liberal termina teniendo el
atractivo del idealismo: pospongamos el hoy por el futuro. Es un espejismo
altruista de una filantropía falsa; confusamente se asocia a un patriotismo
psicótico, a un compromiso alucinatorio con los destinos del país. Una
aspiración que nunca se realiza, porque siempre se frustra en el trayecto de su
realización. Las clases medias y medias bajas, principales víctimas de esta
ideologización, devienen en el Sísifo de la historia, arrastrando eternamente
cuesta arriba la piedra, que inexorablemente se derrumba hasta el fondo. Así
todo se limita a volver a comenzar, una y otra vez, pasando de eufórico acólito mesiánico a desengañada víctima propiciatoria. Esquizofrenia de manual.
Nos estamos refiriendo a las clases medias y medias bajas, que son las que quedan a la intemperie en la tormenta, porque
para las clases altas, que son las que tienen la franquicia del modelo, la
licencia incluye los correspondientes paraguas.
La heterodoxia, o economía populista, o socioeconomía, o
postkeynesianismo o comoquiera llamársele a la versión eventual de las
alternativas al liberalismo, plantea un horizonte más materialista en
comparación, en el que no se persigue una meta modélica como un horizonte
lejano, sino un prototipo que se va construyendo sobre la marcha, con una
directriz estratégica pero echando mano de las herramientas técnicas que
hicieren falta, a despecho de que sean motejadas de izquierda o derecha por los
dogmáticos de una, de otra o de terceras vertientes.
Los pájaros
Buitres siempre hubo y habrá, o pajarracos
de cualquier especie, aferrados a sus cálculos de ganancias mediatas e inmediatas,
pero vendiendo para millones el idealismo de cotillón de un futuro venturoso en
cuyo altar hay que darlo todo hoy sin pedir nada. Sufrir en este valle de
lágrimas para ganar la vida eterna; y en vez de comer, ayunar y rezarle al
mercado. Como hacer un plazo fijo, pero con la propia vida. Sólo que antes de
conquistar el cielo prometido estarán los bonos de Alsogaray, o la tablita de
Martínez de Hoz, o el Plan Bonex, o el corralito, o simplemente Macri. Siempre
algo va a pasar y será el momento de Tu Sam abriendo los brazos y susurrando
“Puede fallar”.
En el otro rincón, una visión
menos mística y más materialista sostiene que las máquinas necesitan
combustible para moverse, y que para los seres humanos el combustible es
comida, salvo para los uruguayos, que son los únicos del género que parecen capaces
de funcionar a puro mate. Y si la gente común está bien alimentada, y segura de
que va a poder seguir estándolo, hay menos espacio para la codicia, la avidez y
el egoísmo del que sufre privaciones crónicas, y mayor inclinación a compartir el
bienestar.
Para lo primero, hace falta quitarle a los de abajo y mandarlo para
arriba, y que todos se afanen por ganarse el paraíso, trepando a como dé lugar.
Para lo segundo, es necesario tomar de los de arriba y mandarlo para abajo, de
modo que la torta alcance para todos.
Afirmarse en la convicción de que es preferible asegurarse el
sustento diario antes que un imaginario porvenir de grandeza; de que es
necesario preservar la libertad creativa de ir corrigiendo el curso mediante diversas soluciones
que apunten al crecimiento antes que someterse a la
inflexibilidad del camino único e inalterable aún cuando todos los indicadores
de la realidad pongan en evidencia lo contrario; de que se es más fuerte si se depende de
recursos propios y si lo que se genera en conjunto sirve al conjunto; de que resulta largamente más lucrativo mantener el poder de decisión para definir el rumbo que encadenarse a tutelas extranacionales, promisorias de grandes beneficios a
futuro mientras tiran del collar de ahorque.
Esas son las reflexiones primeras que corresponde hacerse a la hora
de elegir el país que uno quiere. Después, en términos de sufragio, puede haber
distintos intérpretes de la misma melodía. Pero hay que distinguirlos con
claridad del canto de sirenas entonado por los coros financieros que siempre
nos llevaron hacia las rocas y el naufragio.
La política no es tan difícil, y no hay tantas variantes. En las
intrigas de Hitchcock sí, pero eso sólo está bien para el cine.
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